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  • ¿Jefe de Estado o de partido?

    Autor: Juan E. Pardinas

    Juan E. Pardinas Juan E. Pardinas @JEPardinas

    FB @JEPardinas 

    *Las opiniones expresadas en esta columna son personales.

    La respuesta a esta pregunta definirá la historia del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y el futuro de nuestra democracia. Gustavo de Hoyos, presidente de Coparmex, escribió un blog donde entreteje las etapas en la biografía de AMLO, con la metáfora de la cuarta transformación (4T) de México. Durante la campaña, el entonces candidato de Morena hablaba de su triunfo en las urnas como el inicio de un cambio tan profundo, que se podría poner al mismo nivel de las tres gestas históricas que se escriben con mayúscula: Independencia, Reforma y Revolución.

    De Hoyos menciona que la trayectoria profesional de AMLO ha pasado por varias estaciones: líder político en Tabasco, dirigente nacional del PRD, jefe de Gobierno de la CDMX y tres veces candidato presidencial. Con más de 30 millones de votos, el pasado 1o. de julio empezó una nueva etapa donde se definirá la pregunta que intitula este texto.

    Dice un proverbio que el estadista tiene su mirada puesta en las próximas generaciones, mientras que el líder partidista agota su horizonte en las siguientes elecciones. El Jefe de Estado busca forjar instituciones. El dirigente partidista se enfoca en concentrar y preservar el poder. Uno mira el todo de la nación, el otro, como lo anticipa la raíz semántica, sólo mira por el bienestar de una fracción, que llamamos partido.

    A los pocos días de su triunfo, entre un alud de anuncios y acciones precipitadas, se perdió una declaración de AMLO: “Quiero destacar que para nosotros el gobernador electo en Puebla es Miguel Barbosa”. En esa entidad de la República, las elecciones locales estuvieron manchadas por chanchullos y violencia. El ex gobernador panista Rafael Moreno Valle ha buscado forjar una monarquía provinciana al heredar el poder a su esposa. Todos estos hechos son despreciables y criticables, pero al inminente Presidente electo no le toca calificar elecciones en un estado, ni decretar las victorias o derrotas de un candidat@. Ese tipo de consignas son propias de un líder partidista, no de un hombre de Estado.

    El INE publicó un dictamen multando a Morena por el manejo opaco y discrecional del fideicomiso de apoyo a los damnificados del 19S y AMLO volvió a su trinchera de líder partidista. En un malogrado tweet calificó la decisión del órgano electoral como una “vil venganza”. Para justificar una venganza tiene que ocurrir un agravio previo. ¿Qué podría justificar ese afán por desquitarse?

    Sobre este desafortunado hecho, una persona cercana a Morena me dio una explicación preocupante: “que no se te olvide el 2006”. Ante sus ojos, la controversial elección de hace 12 años justificaba el exabrupto twittero de la semana pasada.

    La cuarta transformación política de AMLO, de líder de un movimiento social a Jefe de Estado, pasa por dejar atrás los agravios del pasado. Ante medios de comunicación, López Obrador dio una declaración que se podría interpretar como una amenaza: “Yo perdono, pero no olvido”. Ojalá que el éxito histórico del 1o. de julio pudiera funcionar como un bálsamo para cerrar cicatrices abiertas en los avatares de su carrera política.

    Abrir una etapa implica cerrar otra. Al volver de un viaje hay que guardar el equipaje y desempacar las maletas. Los exabruptos verbales de AMLO no le ayudan a él y no le ayudan a su futuro gobierno. Dejar el pasado atrás no es un refrendo de la impunidad sobre crímenes y corruptelas, sino un esfuerzo casi íntimo para mirar hacia adelante sin borrascas del odio. Por el tamaño de los problemas y la dimensión de las expectativas, a México le urge un estadista.

    Publicado por Reforma
    29-07-2018

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