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    Autor: Roberto Newell

    Roberto Newell

    Roberto Newell | @RobertoNewell

    *Las opiniones expresadas en esta columna son personales.

    Recientemente, un conocido trató de convencerme que no tenía caso seguir escribiendo sobre las elecciones Presidenciales puesto que la distancia entre AMLO y su más cercano competidor, Anaya, es tan grande, que para fines prácticos la competencia electoral por la Presidencia ya concluyó, quedando pendiente sólo resolver de qué tamaño será su triunfo.

    Engolando la voz y asumiendo el rol de autoridad informada, mi conocido compartió su sabiduría remitiéndome a los resultados de varias encuestas.

    Trató de convencerme con el siguiente silogismo, supuestamente contundente: las encuestas se basan en métodos estadísticos confiables y objetivos; los resultados recientes publicados por varias firmas encuestadoras coinciden en que la ventaja de AMLO es relativamente grande; luego entonces, como falta poco para la elección, este arroz ya se coció: AMLO ganará la Presidencia.

    Antes de aceptar este argumento, conviene cuestionar la veracidad de la premisa fundamental del silogismo respecto de la robustez del método que usan los encuestadores para interpretar y reportar proyecciones. Dedicaré el resto de la columna a esa pregunta.

    Típicamente, las encuestadoras reportan los resultados proyectados usando dos métodos. Uno de estos es el de las “preferencias efectivas” de los votantes. Cuando se usa este método, los resultados de la encuesta se reportan eliminando de la muestra a los encuestados que manifestaron no tener una preferencia y a los que se niegan a declarar por quién votarán.

    El otro método es el de “preferencias brutas”. Prefiero este método porque reduce un riesgo inherente al método de “preferencias efectivas”.

    El riesgo al que me refiero es especialmente significativo cuando la población de encuestados indecisos o renuentes a compartir sus preferencias es relativamente grande, como es el caso en la contienda Presidencial actual.

    En estas circunstancias, eliminar del cálculo a los indecisos equivale a suponer que a la hora de la hora los indecisos no votarán, en cuyo caso, los resultados de la votación probablemente serán similares a los de las encuestas, o si sí se presentan a votar, lo harán en la mismas proporciones en que lo harán los encuestados que estuvieron dispuestos a compartir sus preferencias.

    Pero, cuando la proporción de indecisos es grande y se sabe que la conducta y motivación de la población de indecisos es diferente a la de los comprometidos, se debe ser especialmente cuidadoso a la hora de interpretar y reportar los resultados, puesto que la manera en que se reporte la información puede afectar la conducta de los votantes e influir los resultados de los comicios.

    He visto encuestas que sugieren que los votantes indecisos posiblemente tendrán un papel decisivo en la elección Presidencial, puesto que parece ser que muchos de ellos todavía no han decidido por quién votarán porque piensan apoyar a quien quiera que esté en el segundo lugar en las encuestas finales para bloquear el acceso de AMLO a la Presidencia.

    Yo mismo me encuentro en esa situación.

    A saber, no soy indiferente entre Anaya y Meade, pero he decidido usar mi voto para apoyar a quien tenga las mejores probabilidades de derrotar al AMLO en estos comicios. En otras palabras, soy uno de los millones de votantes que piensa usar su voto estratégicamente y que por ello tiene problemas para responder por quién votará el 1 de julio.

    Todo lo anterior subraya la importancia que se debe dar a la manera en que se reportan los resultados de las encuestas.

    En el contexto actual, reportar resultados de encuestas usando el método de “preferencias efectivas” puede sobreestimar la ventaja electoral de AMLO, sobre todo cuando se sabe que las preferencias de los indecisos están sesgadas en contra de él.

    Es importante reconocer que hay una poderosa corriente de retroalimentación entre los resultados proyectados y la conducta de los votantes.

    Cuando las proyecciones favorecen mucho a un candidato pueden suceder dos cosas: primero, se puede crear un efecto de “cargada” al motivar a un segmento de votantes a apoyar al candidato que lleva la delantera para después poder presumir que se apoyó al candidato ganador.

    La otra cosa que puede suceder es que la aparente inevitabilidad del triunfo del candidato que encabeza las encuestas puede desalentar y reprimir el voto a favor de los que apoyan a candidatos que van rezagados en las encuestas.

    Lo que hace que esto sea alarmante es que todo esto lo saben los encuestadores y los estrategas políticos de los diversos candidatos.

    Todos saben que las encuestas lejos de ser barómetros que objetivamente reflejan las preferencias de los votantes en un momento dado, son instrumentos útiles para manipular la conducta de los votantes.

    La frase que sirve para resumir todo esto es caveat emptor o en castellano: ojo votante; cuestiona todo lo que reportan los encuestadores.

    Publicado por Reforma
    17-05-2018

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