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Torpeza o manipulación

Ni intento de mentir a la población y desaparecer por decreto el número de pobres, ni captura del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) por parte del gobierno, ni puesta en riesgo de la medición de la pobreza y su comparabilidad a través del tiempo.
Éstas son las tres críticas que se han enderezado contra el cambio en la medición del Módulo de Condiciones Socioeconómicas 2015 publicado por el Inegi y que sirve al Coneval como base para medir la pobreza.

Decir que el Inegi quiso engañar a los mexicanos y desaparecer a más de cinco millones de pobres de un plumazo no tiene asidero en la realidad. Lo que hizo este órgano autónomo fue, atendiendo a recomendaciones internacionales, mejorar la manera en que se levanta la información del ingreso en los hogares. Mejorar, porque las encuestas en hogares adolecen de una subestimación y el consecuente subreporte de ingresos de las familias en todos los deciles y de forma más acentuada en los de menores ingresos por el temor a dejar de recibir transferencias gubernamentales o bien por familias que declaran ingresos en ceros. Adicionalmente, el Inegi tiene el reto de atender un segundo problema que es el llamado “truncamiento”, esto es, la no captura de los ingresos de los más ricos con lo que se subestima el reporte de los últimos deciles y, por tanto, el de la desigualdad. Esto ocurre en todo el mundo, pero según cifras de la OCDE, el problema es particularmente agudo en México. Si en los países de la OCDE el subreporte es de alrededor de 40% y en Brasil, de 16%, en México es de 70%. De ahí que Brasil, con una población de 207 millones de habitantes, aparezca con alrededor de 12.5 millones de pobres y México con 120 millones de población tenga más de 53 millones de pobres (o 43 con la nueva medición).

Los cambios en las mediciones de variables socioeconómicas son comunes en los órganos nacionales e internacionales encargados de realizarlas. Se producen —casi siempre— con la intención de tener una mejor fotografía de los problemas existentes para desarrollar políticas públicas más adecuadas.
En México —como en el resto del mundo— hemos revisado una y otra vez la forma de medir indicadores como la inflación, el PIB o la inversión extranjera directa. En Estados Unidos, se llega a cambiar la medición del PIB más de tres veces al año sin que esto produzca suspicacia. Eso sí, cada cambio de medición suele ir acompañada de un nuevo cálculo “hacia atrás” para no perder la comparabilidad en las series de tiempo y poder comprobar los avances o retrocesos de la materia en cuestión.

Lo que muestra la polémica desatada es que nos gusta medir con dos varas. En materia de justicia, seguridad, corrupción o derechos humanos pedimos adoptar mediciones elaboradas por organismos internacionales porque se sospecha que el gobierno busca engañar a los mexicanos y al mundo entero. Si con la nueva metodología el país aparece más corrupto, más violento y más injusto nos congratulamos porque podemos señalar la ineficiencia del gobierno para atacar estos problemas. Pero si seguimos las recomendaciones de los mismos organismos para una nueva medición del ingreso de las personas y los resultados pintan un país menos malo, entonces vienen las críticas.

Pero el problema ni siquiera es ése. Lo más probable es que cuando el Inegi y después el Coneval cambien las series de tiempo para hacerlas históricamente comparables se confirme que la pobreza ha aumentado tanto en los últimos años del sexenio de Felipe Calderón como en los primeros dos años de Peña Nieto. De aquí que ni el Inegi, ni el gobierno hayan salido a presumir, a partir de las nuevas cifras, que ha habido una mejora en el combate a la pobreza. Insisto, una vez convertidas las series de tiempo, lo único que habrá cambiado con la nueva medición es el punto de partida, no la efectividad de la política social para combatir la pobreza. La existencia de 53 o de 43 millones de pobres sigue siendo ignominiosa. La desigualdad en el ingreso aún más vergonzosa.

Tampoco se sostiene el argumento de que este gobierno ha atentado contra la autonomía del Inegi y prueba de ello es que justamente a la salida de Eduardo Sojo —a quien desde luego hay que reconocer un espléndido trabajo al frente del Inegi— se cambian las mediciones para favorecer los resultados de las políticas gubernamentales. No es así. Sojo era titular de esta institución cuando se detectó el problema de la medición de los ingresos, se planteó la iniciativa de transformarla y se hizo el nuevo levantamiento de la encuesta. De todo esto estuvo al corriente el Coneval.

Lo que sí es criticable y lamentable por sus consecuencias, es que el Inegi no haya previsto la polémica que se suscitaría al dar a conocer las nuevas cifras y que no haya preparado el terreno para su comprensión a través de una simple pedagogía. Una torpeza no es lo mismo que una mentira.

Urge pues que el Inegi y el Coneval colaboren para asegurar la comparabilidad de las cifras en el tiempo y cerciorarse de que la estimación de la pobreza siga siendo la brújula de la política social en México, porque no es admisible que la décimotercera economía del mundo presente los niveles de pobreza y desigualdad que muestra nuestro país.

Publicado por Excélsior
27-07-2016