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Transición cubana

Mi esposa y yo acabamos de viajar a Cuba. Teníamos curiosidad de conocerla antes de que el deceso de los hermanos Castro precipite cambios políticos y económicos largamente pospuestos e indiscutiblemente necesarios.
Cuba, y especialmente La Habana, me provocaron tristeza. Es obvio que en los cincuenta la capital de Cuba era una de las ciudades más bellas del hemisferio, y probablemente del mundo. Su centro histórico tenía la simetría y colorido de las ciudades coloniales de España. Pero, tenía algo adicional que la distinguía de las demás ciudades coloniales del continente: su centro histórico (La Habana Vieja) estaba al fondo de una bahía estrecha que formaba un puerto natural seguro, sumamente útil para propiciar el transporte de mercancías y tesoros entre la Nueva España y el viejo continente.

La ventaja logística de La Habana propició que ahí se acumulara gran riqueza durante el periodo del auge azucarero de Cuba -siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Consecuentemente, La Habana tuvo los recursos requeridos para construir infraestructura urbana de clase mundial, como el Malecón y los dos fuertes que protegen al puerto de La Habana. Los recursos alcanzaron para construir opulentas colonias residenciales y de negocios en Miramar y Vedado. En la década de los cincuenta, el ingreso de los cubanos era uno de los más altos de América Latina. Ciertamente, era mayor que el de los mexicanos.

Por ello, da coraje transitar hoy por La Habana. La infraestructura urbana de la ciudad se está desmoronando; vastas zonas de la ciudad lucen peor que si hubieran pasado por una guerra y las bellas colonias residenciales y turísticas son una pálida sombra de lo que fueron en su momento.
En suma, si bien es cierto que la Revolución de Castro mejoró la distribución de ingresos del país y garantizó a su población acceso universal a servicios razonablemente buenos de educación pública y salud, también lo es que el ingreso promedio actual de los cubanos se estancó. Hoy, los cubanos ganan alrededor del 60 por ciento de los mexicanos. Los hermanos Castro destrozaron la economía cubana e instalaron una sistema político represivo, cuya única virtud es su longevidad. Para alcanzar el estándar de vida de México, Cuba tiene que instrumentar una transformación política y económica profunda, mucho mayor que las tibias reformas instituidas recientemente por el régimen castrista.

Para que Cuba vuelva a ser una de las economías más ricas del Continente, todo tiene que cambiar. El primer paso a dar es liberalizar los mercados de productos y servicios y crear una sola economía, eliminando el régimen dual de monedas. Bajo las condiciones actuales, los únicos cubanos que pueden aspirar a un estándar de vida razonablemente alto son los que trabajan en sectores donde el medio de pago son los Pesos Convertibles (CUCs), o sea, los que viven del turismo. Mientras la mayoría de los mercados no sean disputables habrá trampas de pobreza por doquier que inhibirán el crecimiento de los ingresos y la mejora de bienestar de los cubanos.

Pero para que la liberalización de los mercados de productos y servicios funcione, también es necesario liberar los mercados de factores de producción. En mi opinión, uno de los primeros pasos a dar es establecer derechos plenos de propiedad para todo tipo de bien (mueble e inmueble), con el fin de que estos se puedan transar libremente y para que haya incentivos para acumular riqueza y dar mantenimiento a los activos fijos que todavía no se caen. Sin este paso, será imposible evitar que los activos se deterioren más.

También es necesario liberalizar el régimen de inversión privada. La apertura económica debe aplicar tanto a los cubanos, como a los extranjeros, para acelerar la inyección de recursos necesarios para revitalizar la economía. Para que esto funcione es indispensable aligerar la agobiante burocracia que oprime el emprendedurismo en Cuba.

De la mano de lo anterior, también es indispensable eliminar las barreras que restringen la movilidad del talento. Bajo las condiciones actuales, no hay incentivos para participar en empleos que requieren fuertes inversiones en capital humano. Igual gana un ingeniero con un posgrado que el chofer de un taxi. En el mercado laboral de Cuba no hay recompensas adecuadas para los que se esfuerzan y mantienen altos niveles de productividad.

Cuba tiene todo para volver a ser una de las economías más prósperas del continente, excepto un régimen económico que permita que los recursos fluyan a los sectores donde hay mayores y mejores oportunidades.

Publicado por Reforma
11-03-2016