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Un gobierno que actúa estratégicamente

Pasaron más de tres lustros para que el Gobierno federal pudiera articular y ejecutar una estrategia de gobierno proactiva, coherente y bien pensada. Por varias razones, esta Administración ha tenido un mejor inicio de sexenio que las tres administraciones previas. Peña Nieto está aprovechando la situación política y económica para implantar cambios largamente pospuestos.

Creo que la mayoría de los analistas subestima la gestión de gobierno del ex Presidente Zedillo. La mano que le tocó jugar durante el arranque de su Administración fue complicadísima y los resultados alcanzados fueron sorprendentemente buenos. Zedillo logró controlar los peores efectos de la crisis financiera y cambiaria del País en tiempo récord. Su gestión de la crisis fue tan exitosa que el rebote de la economía tardó sólo 18 meses en materializarse; mucho menos de lo que esperaba la mayoría de los analistas que seguían la economía del País. La estrategia de Zedillo para contener la crisis fue brillantemente ejecutada, pero estaba jugando un juego defensivo que los votantes no reconocieron en las elecciones intermedias. Consecuentemente, Zedillo perdió control de la Cámara de Diputados en 1997 y acabó enfrentado con miembros de su propio partido que resintieron las consecuencias políticas que tuvo el manejo de la crisis.

Fox integró un gobierno de novatos, que fueron incapaces de ponerse de acuerdo en nada, ni siquiera durante el periodo de transición. Por ello, se desaprovechó el periodo de planeación, y una vez que arrancó el sexenio, pequeños problemas (toalla gate, la gira zapatista y varios más) dominaron la agenda e hicieron evidente la limitada capacidad de gestión del nuevo Gobierno. Retrospectivamente, se vale preguntar: ¿Estrategia? ¿Cuál estrategia? Todo el sexenio fue así. Fox desaprovechó el bono democrático y tensó tanto las relaciones con los otros partidos que al finalizar el sexenio era inevitable una crisis, esta vez, política.

El inicio del Gobierno de Calderón estuvo marcado por la crisis política que le heredó Fox. El enfrentamiento subsecuente con López Obrador hizo imposible diseñar y ejecutar una estrategia económica coherente y exitosa. El Gobierno de Calderón no pudo llevar a cabo ninguna de las reformas estructurales que había propuesto en la campaña. Aunque hizo esfuerzos en varios frentes, ninguno le funcionó. Su mayor logro fue reactivo. La estrategia que se implantó para enfrentar los efectos de la crisis económica de Estados Unidos fue exitosa pero, como Zedillo, en lo económico jugó a la defensiva. Consecuentemente, el principal legado de Calderón fue la guerra contra el narco. Dudo mucho que esa fuera su intención cuando arrancó su sexenio.

Con estos antecedentes históricos, comprenderán que mis expectativas para el arranque del Gobierno actual no eran altas. Los problemas a resolver son los mismos que enfrentamos desde hace años, pero uno de ellos, el tema de la inseguridad, está desbordado. Por ello, confieso estar asombrado por lo que este Gobierno ha logrado en el arranque de su gestión.

No estoy encantado con cada aspecto de lo que se ha planteado hasta la fecha. Por ejemplo, me preocupa estar subiendo a rango constitucional temas que se deberían resolver con una simple reforma legal, pero la agenda de reformas es la correcta. Además, el Presidente ha mostrado enorme destreza política. La factibilidad de que vayan adelante los cambios propuestos es mucho mayor gracias a las alianzas que se han armado y a la secuencia de acciones que se ha seguido. El arranque de este sexenio ha sido genial. Los cambios que se están haciendo son indispensables y se habían demorado demasiado.

No obstante lo anterior, la estrategia en marcha está a punto de enfrentar dos pruebas de fuego muy significativas, que fácilmente pueden descarrilar el proyecto actual. La primera de estas tiene que ver con la manera en que se maneje la conducta radical de la CNTE. Si Peña Nieto logra vencer este obstáculo, inmediatamente confrontará el siguiente reto, que será la oposición que montarán las huestes radicales de AMLO con el pretexto de la supuesta privatización de Pemex.

Para que el buen inicio de este Gobierno no llegue a un abrupto y desagradable final, es imprescindible que Peña Nieto y sus aliados venzan a los grupos que se oponen a los cambios planteados. Se avecinan dos grandes batallas que definirán el futuro de México. Si el Gobierno no gana en los dos casos, todo pude acabar en buenas intenciones.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.