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Una tras otra

Un árbol de decisión es una forma gráfica, analítica y secuencial de representar los sucesos que se pueden desprender a partir de una primera decisión. Su propósito es mostrar el abanico de opciones o los cursos de acción alternativos que pueden seguirse y las consecuencias que se derivan de cada opción.
Sirven para tomar las decisiones más acertadas o, si no hay remedio, menos costosas.

El affaire Trump derrota cualquier lógica de principio a fin en un árbol de toma de decisiones.
Invitar a los candidatos norteamericanos en campaña era de principio una mala idea por los riesgos que acarreaba. Una vez invitados podían ocurrir tres cosas. Que aceptaran los dos, la mejor opción; que aceptara Hillary, la segunda mejor; que aceptara sólo Trump, la peor.

Ocurrió esto último. Habiendo aceptado sólo Trump, se abrían dos posibilidades. Que México le dijera que tenían que esperar a tener la respuesta del equipo de campaña de Clinton o permitir que Trump fijara el día para la visita. Volvió a tomarse la peor de las dos decisiones. Se le permitió al invitado (un candidato) a decidir cómo, cuándo y en qué términos aceptaba la invitación de su anfitrión (un Jefe de Estado y de Gobierno). Una vez tomada la decisión por parte de Trump se volvían a abrir dos posibilidades. Pedir que se pospusiera la visita en atención a que dos días después el Presidente tenía que rendir su Informe de Gobierno para inmediatamente volar al G 20 a China o doblegarse ante la voluntad del invitado. El gobierno optó por doblegarse a sabiendas que el mismo día en la noche Trump tendría uno de los eventos más importantes de su campaña: un evento en el que fijaría la política migratoria en caso de llegar a la presidencia. Política migratoria que para el más lerdo de los observadores estaba cantada: deportar a los más de 11 millones de mexicanos ilegales, construir un muro en la frontera y hacer que los mexicanos pagaran por él.

Habiéndose sometido voluntariamente al capricho de Trump se volvían a abrir dos disyuntivas. Reunirse en privado para después emitir un comunicado conjunto o arriesgarse a presentar dos discursos. Lo primero hubiese sido lo menos malo, pero se escogió el segundo curso de acción a sabiendas que Trump podía salir con una sorpresa harto desagradable.

Habiendo aceptado los dos pronunciamientos públicos se podía haber optado por hacerlo en un recinto no oficial o darle al evento un cariz de visita oficial cuando no de Estado. Otra vez se optó por la peor de las opciones: viaje en helicóptero oficial y el escudo nacional a espaldas del candidato de una nación y el Presidente de otra.

Habiendo tomado la peor alternativa en cada caso, quedaba al Presidente la última decisión. Un discurso diplomático y tibio o el que le correspondía a un Jefe de Estado y de Gobierno que lleva escuchando durante más de un año insultos a su país y a sus gobernados. Optó por lo primero y no reivindicarse a través del discurso. Un discurso que, sin ser grosero,  pudo haber borrado todos los errores previos. Decir ante la nación que los mexicanos, encabezados por su Presidente, exigían una disculpa pública o al menos una retractación de los insultos proferidos por el candidato. En fin, una cadena de errores en la que cada vez que se creía haber tocado el fondo, se sacaba la pala para seguir cavando.

¿Realmente habría sido tan difícil primero desechar la idea, segundo esperar a la contestación de Hillary, tercero que el Presidente definiera la fecha y la agenda, cuarto que México escogiera el formato, quinto que hubiera un discurso de estadista?

Hay quienes me dicen que en mi análisis no tengo la destreza de ver hacia delante; que no veo más allá de lo inmediato. Que, a diferencia mía, los tomadores de decisiones tuvieron la previsión y la malicia de ver hacia el futuro y preparar el terreno para quien puede ser presidente de la nación más poderosa del mundo y que el presidente Peña Nieto, además de posicionarse frente a esta eventualidad, estaba en capacidad de suavizar las posturas de Trump. Puede ser.

Yo agradezco a Alejandro Madrazo ponerme al tanto de la llamada Navaja de Halión: “Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”. Esto quiere decir que se requiere de más inteligencia y mayor esfuerzo para actuar con maldad que para cometer un error y ni siquiera reparar en ello. Y, de paso, se puede amarrar otra navaja, la de Ockham: “Las explicaciones más sencillas suelen ser las correctas”, dicho de otra forma, miremos lo evidente: Trump era el invitado y no el anfitrión, Trump era el candidato y no el Jefe de Estado, Trump era desconfiable y no había por qué creerle sus buenas intenciones, Trump no tenía todavía la facultad para hablar a nombre de sus representados y Peña Nieto sí. No lo hizo.

Nota bene: Lamento profundamente la salida de Nicolás Alvarado. Perdemos un gran director de TV UNAM por ejercer la libertad de pensar diferente.

Publicado por Excélsior
07-09-2016