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Una vida de clase media modesta

Las familias europeas y americanas tendrán que acostumbrarse a un estilo de vida más austero y modesto, ya que la reciente crisis hizo evidente la fragilidad de las estructuras económicas sobre las cuales descansaba su estándar de vida.

En América, desde los noventa las familias dedicaban casi la totalidad de ingresos al consumo y en 2007 en promedio, ahorraban solo el 3%, incluso millones de ellas ni siquiera hacían eso. Para mantener su nivel de adquisición, muchas estaban fuertemente endeudadas, apostando todo a que sus ingresos seguirían aumentando más rápidamente que el costo de servir sus deudas. Cuando llegó la crisis, la deuda promedio de estas familias equivalía a más de un año de sus ingresos disponibles; con una situación tan vulnerable que cualquier golpe a sus ganancias necesariamente tendría consecuencias adversas.

La crisis financiera de Estados Unidos inició en el mercado hipotecario del segmento de más bajos ingresos, pero rápidamente se extendió a todo el mercado de bienes raíces. De 2008 a la fecha, el valor de las viviendas en este país se desplomó más de 40%. Actualmente, arriba de tres millones de viviendas tienen un valor inferior al saldo de la deuda hipotecaria con la cual se financió el activo. Todas estas familias perdieron la totalidad de lo que tenían invertido en estas casas y el ajuste de mercado aun no termina.

Sus perspectivas económicas no son buenas. Si bien la economía de Estados Unidos está creciendo desde hace más de un año, el empleo aun no se recupera. En consecuencia, los ingresos disponibles de estas familias tampoco han regresado al nivel previo a la crisis. Para colmo, para enfrentarla y estimular la economía, el gobierno federal de Estados Unidos asumió una enorme deuda pública que eventualmente se tendrá que pagar reduciendo el gasto público y aumentando impuestos, con todo lo que esto implica para la actividad económica, el empleo y el nivel de ingresos disponibles de las familias.

Lo que más claro quedó después de la crisis, es que las familias americanas no podrán reanudar su vida como si nada hubiera pasado. Millones de ellas perdieron todo lo que tenían invertido en sus viviendas; una elevada proporción sigue desempleada y quizá dentro de poco tendrán que pagar mayores impuestos. Los americanos se tendrán que acostumbrar a vivir con un nivel de consumo más bajo, alineado a nueva realidad.

En la Eurozona las familias eran más cuidadosas, ahorraban cerca del 15 % de sus ingresos disponibles, y en la comunidad europea ampliada, el nivel de ahorro era 10 por ciento. Uno podría pensar que en términos relativos los europeos estaban actuando más responsablemente, pero no, por varias razones: Primero, porque antes de la crisis los europeos tenían ingresos más bajos que los norteamericanos y para colmo crecían más lentamente; segundo, porque su población está envejeciendo más rápidamente que la población americana. Por ello, la población en edad de trabajo disponible para cubrir el costo del paquete de beneficios sociales europeos pronto estará decreciendo. Y por último, porque las finanzas públicas de muchos países europeos (Grecia, Italia, Portugal, Francia, España, Bélgica, Austria, Irlanda y varios más) no alcanzan para hacer frente al pasivo de pensiones que han contraído estos gobiernos con su población.

Las familias europeas confrontan una situación similar a las americanas. También tendrán que reducir su estándar de vida futuro. El sueño europeo de trabajar jornadas relativamente ligeras, durante pocos años, gozar de largos periodos vacacionales y después jubilarse a una edad relativamente joven, se acabó.

Las que quieran lograr este sueño tendrán que hacerlo ahorrando una proporción mucho más elevada de sus ingresos durante muchos años más de los que planeaban trabajar.

La reciente crisis económica de los países en la Eurozona revela que las premisas del sueño europeo eran tan falsas como las premisas del sueño americano. En ambos casos tendrán que acostumbrarse a una nueva realidad. Las crisis económicas en los dos continentes demuestran que no se puede vivir fuera del parámetro sin que tarde o temprano venga un ajuste de cuentas.

Los políticos mexicanos harían bien en revisar las premisas sobre las cuales descansa el sueño mexicano. Siguen actuando y tomando decisiones como si la liga pudiera estirarse infinitamente.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.