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Vanidad norcoreana

FOTO: PRESIDENCIA /CUARTOSCURO.COM

[… En Pyongyang] de repente me di cuenta de que todo el país es un show. (…) Mujeres policías de tráfico hacen piruetas en las esquinas, a pesar de que no hay coches. Hay periódicos, pero no tienen noticias. Los restaurantes producen menús de platos que no existen. En el aeropuerto, apenas sí hay aviones. En la galería nacional de arte (…)  casi todas las pinturas son de las mismas dos personas. En el Palacio de los Niños – una estructura prohibitiva sin lugares de juego – encontré un grupo de pequeños aprendiendo código Morse. (…) Nadie les ha dicho que la comunidad internacional abandonó el Código Morse hace dos años. Christopher Hitchens, Visita a un pequeño planeta, Vanity Fair, Agosto 14, 2008.

Kim Jong Un, dictador de Corea del Norte, tiene sus vanidades. La vanidad del joven Kim nada tiene que ver con su figura porque no es esbelto. Como el autor de esta columna, como muchos mexicanos después de 9 meses de encierro. El joven Kim es obeso en un país donde la gente muere de hambre. Quizá su redonda figura es un símbolo de poder y estatus.

Donde mejor se expresa su vanidad es a través de sus proyectos de inversión. En un país donde no hay libertades individuales, en un sistema opresivo y comunista, hay proyectos de inversión, dirigidos por el Estado. Ojivas nucleares que de plano no funcionan. Instalaciones para el enriquecimiento de plutonio y uranio que probablemente no logran producir isótopos suficientemente peligrosos (afortunadamente), pero que sí logran enojar a la comunidad internacional. Incluso China, el generoso vecino excomunista, con su peculiar sistema de capitalismo de Estado, pierde la paciencia con Corea del Norte y los Kim.

Kim muestra su poder circulando rumores de que su tío, un militar que no compartía su visión, fue devorado por perros hambrientos. Su último capricho es un complejo turístico de alto lujo en la playa de Wonsan. El proyecto de inversión está atrasado algunos años (Financial Times, 23/12/2020). También están atrasados los desfiles de armas nucleares, y un “hospital” en Pyongyang (solamente un show).

El señor Kim no tiene que distraer recursos públicos de sus proyectos de inversión, porque Corea del Norte no es una democracia. No hay necesidad de tener proyectos clientelares de compra de votos, porque no hay elecciones. De hecho, Alejandro Hope la describe bien: Norcorea es la única necrocracia del planeta, porque el presidente constitucional es el abuelo muerto del joven Kim.

Nuestro bienamado líder, Andrés el Grande, también tiene sus proyectos de vanidad. Un tren en el sur, para el cual pidió permiso a la Madre Tierra. Una refinería en Paraíso, Tabasco, en una ubicación que se inunda frecuentemente y donde pasó desapercibida una explosión durante las fechas de asueto decembrino, en un hemisferio donde no se construye una refinería desde 1979, en un mundo que ya no quiere gasolinas.

Hay dos diferencias entre los proyectos de inversión de su Excelencia Andrés Manuel López y Obrador, y el joven Kim Jong Un. La primera: al joven Kim ya le cayó el veinte que las crisis gemelas globales, económicas y pandémicas, son de verdad, y que no hay espacio fiscal para sus proyectos vanidosos. A su Ilustrísima Andrés I, López III, todavía no le llega ese memorándum. La segunda diferencia entre el príncipe Kim y su ilustrísima, Andrés el Madrugador: nuestro benefactor y líder vive en una democracia, y tiene que usar recursos para ganar elecciones. No es que estemos diciendo que sus programas sociales, sin evaluación de ninguna clase, sean un ejercicio de compra del voto. Lo que estamos diciendo es que, cada peso público que en su magnánima sabiduría Andrés Manuel, protector del Rey de los Deportes, utiliza para construir estadios de béisbol, por mencionar un ejemplo, es un peso que no puede destinar a la compra de votos.

No deberíamos esperar juicio del joven Kim. Al fin, tiene 36 años, y es el gran príncipe heredero, monarca absoluto de su reino. Sin embargo, ha mostrado prudencia. No hay democracia en su país, pero tiene que atender a su población en un momento de crisis. ¿Qué tal que lo derrocan?

De nuestro Jefe Supremo de 67 años, podríamos esperar un poco más de prudencia. Si los proyectos de vanidad no funcionan, su estrategia de vacunación no mejora, y sus programas de atención social no ganan eficiencia y eficacia, no necesitaremos levantarnos en armas. La misma gente que votó por él votará por otros y tendrá que irse. ¿No es hermosa la democracia?

Publicado por El Financiero
06-01-2021