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Virtud cívica

La semana pasada argüí que la consecuencia más importante de la campaña política de EU es que perdure el encono y la confrontación que ha caracterizado la competencia electoral por la Presidencia de ese país. Gane quien gane, el sistema político americano tardará un rato largo en recuperarse de la tremenda zarandeada que se ha llevado durante los últimos meses.

Como van las cosas, es probable que un segmento relativamente grande y ruidoso de seguidores de Trump decida cuestionar los resultados de las elecciones si los resultados favorecen a la candidata Demócrata. De eso se han encargado los líderes conservadores del partido Republicano y el candidato Republicano para la Presidencia. Últimamente este se ha estado curando en salud con el argumento que las autoridades electorales se han amafiado con los medios y con grupos políticos cercanos al partido Demócrata para robarle las elecciones usando prácticas electorales fraudulentas, del tipo que conocemos demasiado bien en México.

Consecuentemente, aun cuando la señora Clinton gane con un resultado electoral aplastante, es muy probable que pase un periodo largo para que se despeje el mal humor político de los americanos. Está sucediendo en EU exactamente lo mismo que pasó en México durante las dos elecciones previas: la decisión de uno de los candidatos de desconocer la legitimidad y legalidad de los procesos electorales teñirá de amargura la jornada electoral y erosionará el capital reputacional y político de la probable ganadora de las elecciones. La polarización política no desaparecerá después de las elecciones, se requerirá un gran esfuerzo de liderazgo de parte de la señora Clinton y de otros líderes americanos para resarcir el daño causado por Trump. EU requiere pasar por un periodo de contemplación y evaluación que le permita recuperar la calma y reencontrarse su compás moral y político.

Esto no siempre ha sido así, ni en EU, ni en otros países, incluyendo al nuestro. En las elecciones de 2000, Albert Gore dio un ejemplo de civismo y cordura digno de recordar cuando aceptó sin chistar la decisión de la Suprema Corte de EU a favor de Bush. Gore había obtenido una pequeña mayoría del voto popular a nivel nacional, pero en EU la Presidencia se determina con base en los resultados del Colegio Electoral. La decisión de la Suprema Corte confirió los votos electorales del Estado de Florida a Bush, dándole con ello un pequeño margen de cinco votos electorales, suficientes para que Bush ganara la Presidencia. La conducta de Gore brindó legitimidad al Gobierno de Bush y al proceso electoral. Gore supo ser un gran perdedor y un ciudadano ejemplar.

Ese mismo año, en México, el Presidente Zedillo y Francisco Labastida, candidato del PRI, dieron otro ejemplo de civismo al reconocer inmediatamente que los resultados electorales favorecían a Vicente Fox del PAN. La conducta cívica de los dos líderes del PRI permitió que en México se diera un cambio de régimen político relativamente terso y pacífico. Lamentablemente, el ejemplo de los dos líderes del PRI no perduró; AMLO no tuvo ni el temple ni la madurez política para aceptar que los resultados de las elecciones de 2006 no lo favorecían, sino que conferían una pequeña pluralidad a Felipe Calderón. Desde esas elecciones, un segmento de la izquierda mexicana se ha autoproclamado víctima de un fraude electoral, con todo lo que eso significa para la estabilidad y legitimidad de la democracia mexicana. Si AMLO hubiera asumido otra conducta es probable que la democracia electoral se hubiera consolidado más firmemente y con ello el respeto a las leyes y la legalidad. Lo paradójico del caso es que si AMLO algún día llega a la Presidencia tendrá que enfrentar los resabios de su mala conducta en los comicios de 2006 y 2012.

Para que una democracia electoral funcione exitosamente los candidatos perdedores deben estar dispuestos a conducirse con la madurez y disciplina que mostraron Gore y Labastida. Las virtudes y defectos de los candidatos perdedores se magnifican y hacen más visibles cuando las elecciones son muy reñidas o importantes. Para evitar que estas elecciones conduzcan a un entorno de mayor polarización y radicalización, los candidatos (ganadores y perdedores) deben mostrar que poseen tres virtudes: civilidad, tolerancia y respeto hacia sus contrincantes y hacia las reglas electorales.

A pesar del andamiaje legal que existe para manejar los procesos electorales, las personas que mayor peso tienen para conferir legitimidad a los resultados de una elección son los perdedores de los comicios, sobre todo cuando son reñidas. Consecuentemente, es más importante encontrar los atributos de civilidad, tolerancia y respeto entre los perdedores que en el ganador.

Publicado por Reforma
20-10-2016