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Visita de Trump

Cuando era niño otro mocoso me hacía bullying en la escuela. Diaramente sucedía lo mismo: El bully aprovechaba cuando estábamos formados para subirnos al camión de la escuela para darme fuertes empujones. Después, me arrebataba mis libros y útiles y los tiraba bajo el autobús, obligándome a recogerlos de rodillas mientras él y sus amigos se carcajeaban.

Cuando mi padre se enteró de lo que estaba sucediendo me pregunto: ¿por qué te dejas? Mi padre entendía que la única manera de lidiar con un bully era enfrentándolo.
La situación no mejoró hasta que un día no quedó otra opción más que enfrentar a mi atormentador. Me puso una paliza (leve) pero nunca me volvió a molestar. Ese día aprendí que los golpes duelen menos que una humillación pública.

Retrospectivamente es obvio que fue una mala idea invitar a Trump a una entrevista con el Presidente. Durante meses el demagogo había mostrado desprecio hacia México y los mexicanos; era poco probable que súbitamente entrara en razón, aun cuando se le explicaran todas las cosas que malentiende. Pero, el error más grave fue olvidar que los golpes, por duros que sean, duelen menos que una humillación pública.

Varios miembros del Gabinete y muchos analistas advirtieron el riesgo que Trump usara la visita a Los Pinos como una oportunidad para mostrarle a sus seguidores que él, a diferencia de los líderes demócratas, sí es capaz de enfrentar al Gobierno de México y contener la "peligrosa ola de migrantes ilegales" a EU, o sea, que se condujera como lo hacen los toreros cuando se plantan en el espacio natural de los toros para mostrar su dominio sobre la bestia.

Habiendo identificado ese riesgo, era indispensable que el Presidente tuviera preparada una respuesta contundente que le mostrara a Trump y a sus seguidores que los mexicanos tenemos dignidad y no estamos dispuestos a tolerar más mentiras y humillaciones. En pocas palabras, el Presidente estaba obligado a embestir al demagogo, aunque después le costara una paliza.

Lamentablemente, el Presidente no aprovechó la oportunidad que se presentó cuando Trump dijo que aunque habían discutido el tema del muro no habían discutido quien lo pagaría. Era indispensable aprovechar ese momento para desmentir al demagogo y repudiar la idea de construir ese odioso símbolo de separación.

Pero la telenovela en que se ha convertido la campaña aun no concluye. Con un discurso en dos partes, distribuido en medios como Univisión, el Presidente puede revertir buena parte del daño causado.
La primera parte del discurso debe ser una disculpa a los mexicanos por haber cometido un error tan grande y lesivo para la dignidad del País. Para que esa disculpa sea creíble el Presidente debe explicar el propósito que perseguía su Gobierno, por qué pensó que convenía invitar a los candidatos contendientes al País y cuáles fueron los errores de cálculo que causaron que los resultados fueran tan malos. Pero eso sería solo el principio de esta escena.

La segunda parte del discurso estaría diseñado para mostrarle a Trump que ni el, ni su Gobierno, le tienen miedo. Esta sección estaría dirigida a Trump y a los votantes americanos, sobre todo a los habla hispana. En ella desmentiría cada una de las calumnias de Trump y le exigiría una disculpa pública a México y a los mexicanos. Redondearía el discurso recomendándole a los votantes de origen hispano que por dignidad voten por la candidata demócrata.

Es probable que después de tal discurso México y los mexicanos se llevarían una tunda en medios, pero el discurso serviría para sanar la dignidad de los mexicanos y restablecer la relación con la probable ganadora de la contienda electoral americana y con el partido que ella representa.

En el contexto actual, la estrategia propuesta ni siquiera es muy riesgosa, aun ganando Trump las elecciones, puesto que el daño que el demagogo ha causado a la relación de EU con México es enorme; del piso no puede pasar. De pasada, el discurso propuesto serviría para restablecer el capital político doméstico de Peña Nieto, que tanta falta le hará para resolver los retos políticos que enfrentará en lo que resta del sexenio.

La lección de todo esto es sencilla: duele menos una golpiza que una humillación pública. Ojalá que el Presidente haya aprendido esa lección.
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Le deseo el mayor éxito posible al Dr. José Antonio Meade en el nuevo encargo.
Publicado por Reforma
09-09-2016