Artículo

¿Y si gana Trump?

Durante los 80, el Gobierno de México tomó una decisión trascendental cuando decidió formar parte de economía global. El ingreso al GATT significó reestructurar la economía para hacerla competitiva globalmente.

La apertura comercial y la liberalización de la inversión extranjera motivó a las empresas a mejorar la productividad de sus procesos y la calidad de los bienes producidos con el fin de retener clientes que de otra manera buscarían otros proveedores. Algunas de las empresas que lograron modernizarse reconocieron que su situación competitiva les servía no solo para mantener participación de mercado, sino para incursionar en nuevos mercados.

La transformación de la economía mexicana se aceleró dramáticamente con la firma del TLCAN, puesto que miles de empresas manufactureras de EU y Canadá, y después de muchos otros países, reconocieron que producir en México les podía brindar oportunidades para mejorar su situación competitiva, aprovechando los costos de mano de obra más bajos y la logística de transporte inmejorable.

Las empresas que mejor entendieron y aprovecharon la oportunidad económica disponible en México eran empresas manufactureras americanas que tenían problemas competitivos derivados de costos laborales altos donde tradicionalmente producían. Durante años, muchas de estas empresas se habían relocalizado del noreste de EU y California a zonas relativamente más competitivas del sur de ese país. Cuando la oportunidad de relocalizar plantas a México se presentó, los costos de producción más bajos en el País resultaron irresistibles. Simplemente, no hacía sentido económico producir en EU, existiendo una opción más barata inmediatamente al sur.

El gusto le duró relativamente poco a México. Poco tiempo después de firmar el TLC, EU firmó varios acuerdos comerciales con países que podían igualar o mejorar los costos de producción de México y la competencia económica se intensificó aún más con la incorporación de China a la OMC.

La segunda ola de reformas de México permitió gradualmente recuperar parte de la cuota de mercado que China le había quitado, pero no sin tener que asumir costos políticos y económicos. Parecía que el País había recuperado su posición competitiva global cuando de pronto emergieron dos candidatos presidenciales en EU cuyo discurso proteccionista ha encendido al electorado. Sanders no tiene ninguna posibilidad de ganar, así es que se le puede descartar, pero, ¿qué si Trump gana? ¿Qué herramientas proteccionistas tendrá a su disposición?

La respuesta a esta pregunta se debe hacer contemplando dos contextos mutuamente excluyentes. El primero de estos, y por mucho el más probable, es suponiendo que EU sigue siendo parte del TLCAN. Si ese fuera el caso, el gobierno americano y los participantes en los flujos comerciales internacionales estarían obligados a acatar las reglas que están contempladas en el acuerdo comercial, incluyendo las previstas para la resolución de conflictos.

Esto no significa que el Ejecutivo americano esté totalmente atado de manos. Sus facultades y prerrogativas administrativas le darían armas que le permitirían hacerle pesada la vida a empresas poderosas y a sectores completos. Pero, lo que sí significa es que hay un límite práctico y legal a lo que el Ejecutivo federal americano puede hacer dentro de las reglas del TLCAN.

Por ello, mientras EU siga siendo parte del TLCAN, los derechos de las empresas que producen y exportan a EU desde México están claramente delineados y protegidos por las disposiciones del tratado y a esto hay que sumar más de 20 años de precedentes legales en tribunales, y todo esto es sin considerar el costo político y económico que asumiría el Ejecutivo americano si toma conductas extremas o caprichosas. En suma, si Trump se pasa del límite y esos excesos son consentidos por los otros dos poderes, o por los gobiernos de otros países, EU habrá dejado de ser EU.

Existe todavía la otra opción que consta en que el Gobierno estadounidense decida unilateralmente retirarse del TLC. Esta opción está prevista en el Capítulo 22 del Tratado.
En mi opinión, ejercer esta opción es aún menos probable que asumir una conducta extrema dentro de las reglas del TLCAN. Esto se debe al hecho que la mayoría de las personas afectadas por tal decisión serían los propietarios y empleados de los miles de empresas americanas que resultarían perjudicadas así como sus millones de accionistas.

En varias columnas previas he manifestado el profundo disgusto que me provocan los gestos groseros y estúpidos del candidato Republicano, así como la desconfianza que me causa su gemelo, Sanders. Pero, a final de cuentas, duermo bien porque confío que las instituciones americanas funcionarán y establecerán límites sensatos a las conductas más extremas de cualquiera de estos líderes.

Publicado por Reforma
24-03-2016