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Esfuerzos mal recompensados

*Las opiniones expresadas en esta columna son personales.

Santiago Levy acaba de publicar una provocación empastada en 342 páginas. El libro, que presta su título a este texto, puede lastimar las sensibilidades económicas de la derecha y la izquierda. Levy no es un súbdito de las ideas de algún economista vivo o muerto. Tampoco lee las tesis de teoría económica como quien repasa un texto sagrado. Su aproximación a la economía tiene más de pragmatismo que de ideología. Su método es observar los datos y hacer preguntas. La interrogante principal que anima su libro es ¿por qué México no puede alcanzar la prosperidad?

Buena parte de la discusión sobre crecimiento económico está centrada en lo que hace y deja de hacer el gobierno. Sin embargo, los gobiernos no son fuentes de producción de riqueza, ni tampoco turbinas para la generación de empleo. Con una Población Económicamente Activa de 54 millones de personas, los tres niveles de gobierno y las instituciones públicas apenas ofrecen trabajo a 5.8 millones de mexican@s. El gobierno no genera riqueza colectiva, pero las reglas y leyes que determina la autoridad sí operan como lastres o catalizadores del dinamismo en el sector privado. Cualquier estudio sobre el mediocre crecimiento de la economía debería preguntarse ¿por qué las más de seis millones de empresas que operan en México no son más productivas? Esta es la segunda interrogante que hilvana los capítulos del libro.

El libro identifica tres tipos de obstáculos que impiden que las empresas puedan generar más riqueza con el mismo capital y trabajo: 1) las normas tributarias, 2) las reglas que definen la interacción laboral entre empresas y trabajadores y 3) las condiciones de competencia y certidumbre que definen el funcionamiento de los mercados.

En México, hay dos regímenes distintos de impuestos para las empresas, uno para los negocios que tienen ventas por debajo de los dos millones de pesos al año y otro para las empresas con ventas por arriba de ese umbral. Las empresas más grandes tienen que pagar 30% de sus ganancias y las pequeñas sólo 2% de sus ventas. Ponte en los zapatos de un empresario modesto que vende quesadillas. A fines de noviembre, un cliente te pide una orden de huitlacoche, chicharrón y queso. Ese pedido de alimentos rebasa el umbral de ventas de dos millones anuales de su negocio. Si el empresario quiere velar por su patrimonio y permanecer fuera del radar del SAT, le conviene rechazar la orden, bajar la cortina y volver hasta enero. Para la enorme mayoría de las empresas en el régimen de pequeños contribuyentes (Repecos), crecer y vender más implica poner en riesgo su sobrevivencia.

Dos niños van a una misma escuela pública, la mamá de uno trabaja en una empresa formal y el papá del otro trabaja en la economía informal. Cuando los niños se enferman, uno va a un hospital del IMSS y el otro a una clínica del gobierno estatal financiada con el Seguro Popular. La capacidad de ambas instituciones para garantizar el acceso a la salud es muy diferente. En general, los hospitales del IMSS están mejor equipados y tienen al personal mejor capacitado de la medicina pública. El IMSS se financia con aportaciones de los trabajadores, las empresas y el gobierno. Este es otro ejemplo de cómo el diseño actual impide una mayor productividad de las empresas mexicanas. Lo más justo para la población sería tener un Sistema Nacional de Salud para tod@s, sin discriminación por la condición laboral, y que fuera financiado con impuestos generales. Así no se subsidia la informalidad ni se elevan los costos al empleo formal.

La Cuarta Transformación del presidente López Obrador es una metáfora sin brújula. Los objetivos principales del nuevo gobierno sólo se han planteado en discursos muy generales que omiten detalles y metas específicas. Si el gobierno de AMLO busca tener un México más próspero para la mayoría, bien haría en tomar como propias las ideas centrales de este libro.

Publicado por Reforma
26-08-2018