Artículo

Dialogar sin avanzar

FOTO: MOISÉS PABLO/CUARTOSCURO.COM

El sector público necesita al privado y el privado necesita al público. Es una obviedad. Pero a veces incluso lo obvio tiene que nombrarse para que se reconozca su existencia. El primero nunca contará con los recursos suficientes para atender por sí solo las constantes necesidades de infraestructura y, además, carece de los incentivos necesarios para operar con eficiencia y transparencia las empresas del Estado. El segundo, por su parte, buscará siempre las condiciones que le permitan obtener mayores retornos y tratará de incidir en la generación de esas condiciones desde el ámbito regulatorio.

La relación es necesaria. En el mejor de los casos, se alcanza una simbiosis: los incentivos se alinean, hay beneficios mutuos y los resultados son observables. En el peor, la relación puede volverse parasitaria. Aunque una parte gane y la otra pierda, este tipo de vínculos puede sostenerse en el tiempo porque zafarse de ellos no es sencillo. Hay parasitismo económico cuando una de las partes —la pública o la privada, cualquiera de las dos— extrae rentas o bloquea cambios que afectarían sus beneficios. La simbiosis es una interdependencia productiva; el parasitismo, una dependencia extractiva.

El viernes 9 de enero se celebró el Seminario de Perspectivas Económicas que organiza el ITAM año con año. Las conversaciones giraron en torno al entorno y al momento geopolítico que se vive —Venezuela y Trump aparecieron en prácticamente todas las mesas—, incluso en el último diálogo que me tocó moderar, entre Jorge Zepeda Patterson, analista político y colega en este diario, y José Medina Mora, recién estrenado presidente del Consejo Coordinador Empresarial.

La premisa de la charla fue la sempiterna pregunta sobre qué tiene que hacer México para crecer. Zepeda, como ha señalado en diversos artículos, habló de la oportunidad que existe en este momento para un encuentro productivo entre ambos sectores, pero también de la necesidad de que el sector privado reconozca que los tiempos han cambiado y que la búsqueda del rendimiento individual ya no es suficiente para construir un diálogo fructífero con el sector público —o, más concretamente, con la presidenta—.

Medina Mora, por su parte, recalcó que el sector privado no solo está dispuesto a conversar, y agregó que el organismo que encabeza ha desarrollado un modelo de país orientado al crecimiento impulsado por la inversión, pero también a una mejor distribución del ingreso y a mejores condiciones laborales. Es decir, lo que siempre tendría que haber existido.

Todo muy bien. Todos de acuerdo. Hay que conversar, dialogar, tender puentes y, como en la película protagonizada por Diane Keaton y Jack Nicholson, todos tienen que ceder y únicamente cediendo será como podrán encontrarse a la mitad de ese puente al que hace referencia Zepeda.

Si el consenso es que hay que invertir, crecer, distribuir mejor e impulsar el desarrollo del país, la pregunta inevitable es por qué los datos económicos cuentan otra historia.

La inversión total —el mejor indicador de confianza en un país— cayó 10.60% entre junio de 2024, cuando la presidenta fue electa, y septiembre de 2025, el último dato disponible. Dentro de ese total, la inversión privada se contrajo 1.92% y la pública 26.33%. Desde que la presidenta tomó posesión, la inversión total ha caído 10.54%: 10.22% la privada y 26.58% la pública.

La inversión extranjera ha aumentado, sí, pero no en magnitudes que permitan echar las campanas al vuelo, sobre todo cuando sigue sin representar siquiera el 10% de la inversión total del país.

La inversión privada concentra alrededor del 85% del total; la pública, el resto. Pero hay un punto que no debe pasarse por alto: cuando la inversión pública es útil y responde a necesidades puntuales, genera un efecto multiplicador que impulsa la inversión privada. Sin embargo, cuando esta se convierte en la variable de ajuste para mantener las finanzas públicas en orden, las señales que se envían no son las correctas. Para que esta relación sea simbiótica y no parasitaria, no basta dialogar: se requiere una colaboración estrecha y efectiva.

Los datos del último año muestran que, pese a que ambas partes aseguran dialogar, los resultados no llegan. Zepeda señaló que no se puede evaluar a Claudia Sheinbaum con los datos de su primer año de Gobierno. Tiene razón. Pero sí podemos evaluar el primer año del gobierno de Sheinbaum, y los datos —al menos los económicos— no son los que el país necesita.

El problema es añejo. México es la economía de América Latina —excluida Venezuela— con el menor crecimiento acumulado del PIB y del PIB per cápita en los últimos 35 años. En la última década, solo Ecuador, Brasil y Argentina han crecido menos, en ese orden. La base de comparación importa, por supuesto, pero la realidad también es innegable: a México le urge crecer.

La urgencia es mayor porque la ventana de oportunidad no es eterna. La relocalización de cadenas productivas, el tamaño del mercado estadounidense y la posición geográfica de México siguen ahí. Mucho menos en un entorno internacional cada vez más incierto. El juego ha cambiado y México, más que nunca, tendrá que estar atento a los desplantes de poder que el presidente de Estados Unidos se empeña en mostrar. Alan Stoga, en su ponencia en el mismo seminario, señaló que la principal explicación de las acciones de Trump sobre Venezuela era muy sencilla. Lo hizo porque puede. Porque tiene el poder para hacerlo. México y Colombia, agregó, deberían estar atentos. Algo habrá que hacer con México, advirtió Trump esta misma semana. El discurso ya no distingue entre integración productiva y confrontación política. Apostar al crecimiento sin considerar ese contexto sería irresponsable.

Justamente por eso, la coordinación entre el sector público y el privado no puede seguir siendo retórica. Frente a un socio comercial impredecible, México necesita claridad interna, certidumbre regulatoria y ejecución. Zepeda agregó algo que es fundamental destacar: hay que despolitizar la conversación económica. De acuerdo. Pero entonces también hay que despolitizar la regulación económica que se emite guiada por principios meramente ideológicos. La inversión no responde a declaraciones de buena voluntad, sino a reglas claras, proyectos viables y señales consistentes.

La oportunidad existe. Pero se está erosionando. Si el sector público necesita al privado y el privado necesita al público, es momento de actuar en consecuencia. Ya se habló suficiente. Ahora toca trabajar. Porque el crecimiento no surge del diálogo, sino de lo que se hace después de que el diálogo termina.

@ValeriaMoy

Publicado en El País

10-01-2026