
Imagina que en tu vecindario eres el único que barre la banqueta frente a tu hogar, no tiras basura y la reciclas, mantienes una buena fachada, procuras el césped, y cuidas del parque a unas cuadras; y por el contrario, otros vecinos no hacen nada de esto, y hasta permiten negocios informales como reparación de automóviles en la vía pública. Por más que te esfuerces por tener tu casa y los alrededores limpios, ningún esfuerzo individual compensa un entorno colectivo deteriorado, las fallas del vecindario terminan afectando la plusvalía, los avalúos y el atractivo inmobiliario de toda la zona.
Eso mismo pasa a nivel regional: a esto el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), en su Índice de Competitividad Regional (ICR) le denomina “efecto vecindad”. En términos económicos, el efecto vecindad describe la interdependencia sistemática entre territorios contiguos, mediante la cual el desempeño económico, social o institucional de una unidad espacial influye —positiva o negativamente— en el de sus vecinos. A diferencia de los enfoques que analizan a los territorios como unidades aisladas, el efecto vecindad parte de la premisa de que los mercados, la infraestructura, la seguridad y el capital humano operan en redes interconectadas.
Ahora no supongas que se trata de un simple vecindario, sino del estado de Durango y que en sus vecinos, Zacatecas y Sinaloa, ha estallado una ola de violencia, con 22.19 y 26.25 homicidios por cada 100 mil habitantes. Aunque Durango no padece en primer momento de la inseguridad, pues registra 3.91 homicidios, sería ingenuo creer que la situación de sus vecinos eventualmente no va a permear e incidir negativamente en su estructura económica. Esto pasa aún más en un contexto en el que inversión y mano de obra están interconectados, no solo en México, sino en el mundo, las cadenas de suministro y distribución son cruciales. El afamado nobel de economía, Paul Krugman, en Increasing Returns and Economic Geography (1991), hablaba de esta interdependencia afirmando que la concentración o dispersión del desempeño económico regional no responde únicamente a atributos locales, sino a procesos circulares mediados por costos de transporte y vínculos de mercado.
Conviene distinguir el efecto vecindad del concepto más amplio de efecto derrame (spillover). Mientras que el spillover alude a la difusión de impactos económicos en múltiples direcciones, el efecto vecindad enfatiza la proximidad geográfica y la dependencia estructural entre territorios colindantes. Así, una mejora regional puede verse neutralizada si los estados vecinos mantienen cuellos de botella críticos; del mismo modo, un deterioro puede amplificarse y afectar el rendimiento en conjunto.
Desde esta perspectiva, medir el desempeño en competitividad exige un cambio de escala: de la competencia entre estados a la competitividad de los ecosistemas regionales. El ICR enfatiza este punto. Esta lógica es especialmente relevante en contextos donde ciertos factores funcionan en red. Por ejemplo, dentro del ICR, se encontró que el precio marginal promedio de la electricidad muestra contrastes significativos entre estados colindantes: mientras en Nuevo León el costo promedio por MWh asciende a 817.37 pesos, en Coahuila alcanza 1,178.67 pesos, una diferencia de 44.2%. Esta brecha no solo altera la estructura de costos de las empresas a nivel estatal, sino que condiciona decisiones de localización, inversión y operación a escala regional.
El efecto vecindad también tiene implicaciones directas para la asignación eficiente de recursos públicos y privados. En ausencia de mecanismos de coordinación, el resultado son duplicidades, fragmentación y elevados costos de frontera internos. Esta aproximación se alinea con Kline y Moretti (2014) en Local Economic Development, Agglomeration Economies, And The Big Push, donde muestran que las políticas y condiciones de desarrollo económico local generan derramas significativas cuyos efectos se extienden más allá de la jurisdicción donde se implementan.
Desde esta perspectiva, la iniciativa del Gobierno Federal de los Polos de Desarrollo para el Bienestar puede sonar como una buena idea. No obstante, el escepticismo frente a este proyecto persiste dado el fracaso de anteriores proyectos de infraestructura de la administración pasada. Será indispensable la evaluación de resultados concretos de esta iniciativa si no se quiere que México se descarrile de su ruta hacia la competitividad.
Álvaro Pérez
Públicado en Substack
27-01-2026