Opinión

El país que no despega

Nuestra visión, por naturaleza, es cortoplacista. Nos enfocamos en lo que sucede en la semana, en el mes, cuando mucho en el año. Nos preocupan, no sin razón, las expectativas de crecimiento de los meses venideros. Estamos al pendiente de los ajustes que hacen los organismos internacionales, los bancos, la Secretaría de Hacienda.

En ese tenor, esta misma semana, el Fondo Monetario Internacional recortó su proyección de crecimiento para México a 1,2% para 2026, desde el 1,6% que estimaba en abril. La OCDE fue más lejos y la redujo a 0.8%, la más baja entre sus miembros comparables. El Banco Mundial se ubica en un rango similar. Al promediar las cuatro grandes instituciones, la tasa media de crecimiento esperada para México en 2026 es de 1,2% anual.

La encuesta de expectativas de Citi del 7 de julio —la más reciente disponible— sitúa la mediana de los analistas del sector privado en un crecimiento de 1,1% para 2026, con un rango que va de 0,5% a 1,5%. Es un número que se ha mantenido estable en las últimas encuestas, lo cual no es una buena noticia: significa que los especialistas ya integraron el bajo crecimiento como el escenario base, no como una contingencia temporal.

La Secretaría de Hacienda, mientras tanto, sigue defendiendo un rango que llega a 2,8%. Esa brecha entre el Gobierno y los demás no es menor: es una conversación que México necesita tener.

Pero regresé, no sé si sin quererlo o para demostrar el punto del primer párrafo, a lo que esperamos para este año. Las discusiones se centrarán en si se llega a lo que dice el Fondo o si Hacienda estará en lo cierto. Pero ampliemos un poco el horizonte.

Esta semana Nexos publicó el análisis que Pedro Aspe presentó ante jóvenes mexicanos de posgrado en MIT. El texto es preciso. Aspe señala que el PIB per cápita de México en 2025 —192.121 pesos— quedó por debajo de los 193.997 pesos registrados en 2018. En otras palabras, el ingreso promedio por habitante es hoy menor que hace ocho años, por supuesto en términos reales, es decir, ya descontando el impacto de la inflación.

México es una economía emergente. Debería, casi solo por esa condición, crecer a un ritmo más rápido que al que lo hacen las economías más desarrolladas. Sin embargo, cuando a la mitad del año la expectativa de crecimiento ronda 1% es evidencia contundente de que algo no está funcionando.

El exsecretario de Hacienda identifica la causa raíz en el desplazamiento de la inversión productiva por el gasto corriente. Pemex recibe apoyos equivalentes a 1% del PIB anual sin que eso se traduzca en mayor producción. Y la inversión física federal cayó 28% entre 2024 y 2025, la mayor contracción en tres décadas. La inversión pública representa hoy apenas 2% del PIB, frente al 3,5%-4% que destinan países de la OCDE como Alemania, Estados Unidos o Noruega. El resultado de esa ecuación no es complicado de calcular: menos inversión hoy significa menos capacidad productiva mañana.

La deuda pública, mientras tanto, se acerca al 60% del PIB —un umbral que no se había visto en México desde hace casi cinco décadas y que históricamente ha precedido pérdidas del grado de inversión en otras economías emergentes. La deuda es una gran herramienta si se usa bien. Si esos recursos se usaran para fondear proyectos productivos que le permitieran a México crecer no representaría ningún problema ese porcentaje. Pero hemos visto, en el pasado muy reciente, gastos importantes registrados como inversión que simplemente le están costando a México mucho más de lo que le dan. Elefantes blancos con costos al erario y hasta al medio ambiente

Ahora, crecer es necesario, pero no suficiente. Lo que importa para el bienestar de las personas no es el tamaño total de la economía, sino cuánto le toca a cada quien. Y en ese terreno, México lleva más de siete años sin avanzar de manera sostenida. La economía creció 0.4% en términos anuales en el primer trimestre de este año, pero eso no alcanzó para compensar el crecimiento demográfico. Más personas repartiéndose el mismo pastel resulta evidentemente en rebanadas más pequeñas.

México tiene un problema de crecimiento que no es coyuntural ni atribuible solo a Trump, al T-MEC o a la incertidumbre global. Es estructural. La inversión privada acumula varios meses de caídas anuales, a pesar de que el último dato, el correspondiente a abril mostró un crecimiento. La inversión pública fue sacrificada para destinar recursos al gasto corriente, se volvió la variable de ajuste presupuestal. La productividad lleva años en territorio negativo. Y el PIB per cápita, que es una medida de bienestar promedio, está en niveles de hace ocho años.

El Banco Mundial lleva años documentando que el estado de derecho es uno de los principales determinantes del PIB per cápita de largo plazo. México tiene un índice de certeza jurídica de 0,40 sobre 1, mientras sus pares de la OCDE promedian 0,80. No es un detalle. Es la infraestructura invisible sobre la que se construye —o no se construye— el crecimiento.

Lo más peligroso no es el 1,1%, un mal año lo tiene cualquier economía. Lo más peligroso es acostumbrarse a él. Cuando el bajo crecimiento deja de ser una alarma y se convierte en el escenario base, la urgencia desaparece. Sin urgencia, no hay reforma, no hay decisión, no hay inversión.

México tiene condiciones que muchos países envidiarían: posición geográfica privilegiada, una oportunidad real de relocalización industral, una base manufacturera sólida, una población joven y dinámica y el T-MEC todavía operativo como escudo arancelario. Pero las ventajas no se convierten solas en crecimiento. Requieren inversión, certeza jurídica, infraestructura y un Estado que gaste bien.

México puede despegar, pero para eso hay que prender los motores. Urge que suceda.

@ValeriaMoy

Publicado en El País.

12-07-2026