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Nuevas realidades posibles a partir de la educación

FOTO: CUARTOSCURO

Hay un proverbio mazahua que dice: “cuando una niña nace, las hormigas se lamentan porque se encerrará en la cocina y no las dejará entrar, pero cuando nace un niño, ellas festejan porque irá a la milpa y se le caerán migajas que ellas podrán recoger”. Es una forma honesta —y dura— de reflejar lo que durante mucho tiempo fue una vida dictada por creencias y por la falta de oportunidades. Para las mujeres, tal vez hubo sueños que se desmoronaron antes siquiera de poder nombrarse. Pero también es cierto que esa no es ya la única realidad posible.

En México, a inicios del siglo XX, cuando una niña nacía, no nacía la posibilidad de asistir a la escuela. Su vida estaría dedicada a los demás, a los cuidados, al hogar, a la familia. Con el tiempo, esa realidad empezó a cambiar. A medida que la educación se incorporó a la vida de las mujeres, también se ampliaron sus márgenes de decisión; ahora, pueden optar por tener o no una familia, un empleo remunerado, y escribir sus propias historias.

Detrás de ese cambio hay decisiones públicas. La creación de la Secretaría de Educación Pública en 1921 y las campañas de alfabetización masiva marcaron el inicio de la expansión educativa. Décadas más tarde, la ampliación de la educación media superior y el crecimiento de las universidades públicas incrementaron la oferta educativa en el país. En 1950, apenas 3 mil mujeres estaban inscritas en la universidad, para 2020, la cifra alcanzó 2.6 millones. 

La decisión —y la posibilidad— de que las mujeres estudiaran una carrera no solo aumentó, sino que lo hizo a un ritmo mayor que la de los hombres. La paridad se alcanzó en las aulas antes que en muchos otros espacios. Desde 2010, la educación superior es paritaria y hoy las mujeres representan 53% de matrícula universitaria.

La educación transformó lo que podían imaginar para sí mismas, como estudiar, trabajar y decidir sobre su vida, desde la edad en la que se casan hasta el momento y el número de veces en que se convierten en madres. En términos económicos, también implicó una mayor participación en el mercado laboral y mayores niveles de autonomía.

Sin embargo, las posibilidades no son iguales para todas ni en todos los casos. Las mujeres siguen concentrándose en carreras vinculadas al cuidado, la educación y las ciencias sociales, que suelen estar peor remuneradas. En contraste, los hombres predominan en ingenierías y disciplinas STEM, donde se concentran mayores ingresos y oportunidades.

Los motivos para abandonar la educación también son distintos. Para dos de cada cinco mujeres, factores como la falta de recursos, el matrimonio o el embarazo limitan la continuidad de sus estudios. En los hombres, los obstáculos están más asociados a la necesidad de trabajar o a la percepción de falta de aptitudes.

La educación cambió el punto de partida, pero no ha terminado de cambiar el destino. Abrió la posibilidad de elegir, pero esa elección aún está condicionada por factores económicos, sociales y culturales. Pasar de un solo camino a múltiples trayectorias es, sin duda, uno de los cambios más profundos del último siglo.

El reto, ahora, no es solo que existan más opciones, sino que todas las mujeres puedan realmente elegir entre ellas y que esas opciones se traduzcan en bienestar, autonomía y oportunidades a lo largo de su vida.

@_Paolavm_

Publicado en Substack

01-04-2026