Opinión

¿El estancamiento no es una crisis?

A finales de julio, el Inegi dio a conocer la estimación oportuna del crecimiento de la economía mexicana durante el segundo trimestre de 2026. El dato rebasó el consenso de los analistas y en algo llamó la atención. La actividad económica repuntó 1.5% respecto al trimestre inmediato anterior y 2.1% frente al mismo trimestre del año pasado. Nada espectacular, pero ha sido el mejor dato trimestral desde el cierre de 2020. Durante varios días la conversación giró en torno al repunte que había tenido la economía mexicana durante esos tres meses.

Hagamos por un momento el ejercicio contrario. En lugar de mirar sólo el dato del trimestre, expandamos un poco el horizonte y veamos la serie. Cuando uno alarga el eje horizontal, suponiendo que ahí graficáramos el tiempo, el dato de julio deja de parecer relevante y empieza a parecer lo que probablemente es: una variación dentro de una trayectoria que lleva muchos años sin moverse.

Un buen trimestre en una década de bajo crecimiento

El contexto del dato reciente de crecimiento es relevante. En el trimestre anterior la producción se contrajo 0.6%, así que parte del avance señalado se debe al rebote aritmético. El crecimiento acumulado del primer semestre del año apenas llega a 1.1% —incorporando la revisión a la baja que se dio del primer trimestre—. Además, el impulso se concentró casi por completo en abril. Los indicadores de mayo y junio sugieren una actividad económica débil, así que la economía tuvo un buen trimestre dado un buen mes. La inercia con la que la economía entró al tercer trimestre es más débil de lo que sugeriría únicamente el dato.

Los pronósticos disponibles coinciden en eso. El Fondo Monetario Internacional recortó en julio su estimación de crecimiento para México de 1.6% a 1.2% para este 2026 y de 2.2% a 1.9% en 2027. El Banco Mundial proyecta crecimientos de 1.3% y 1.7%, respectivamente; la OCDE, 0.8% y 1.8%. Los analistas privados, como lo muestra la encuesta publicada el 21 de julio de Citi, sitúan al crecimiento en una mediana de 1.1% para 2026 y 1.8% para el año próximo. La Secretaría de Hacienda sitúa sus expectativas en un rango de entre 1.8% y 2.8% para este año, métrica poco probable dado el tiempo ya transcurrido y el débil desempeño.

También importa observar de dónde proviene el crecimiento. En el primer trimestre de 2026 el consumo privado aportó 1.5 puntos porcentuales al avance anual del PIB y el consumo del gobierno 0.4, mientras que la inversión restó 0.8 puntos. El resto del empuje proviene del sector externo, es decir, de las exportaciones que México hace al resto del mundo.

En los últimos diez años, comparando el cierre de 2025 frente al cierre de 2015, la economía creció de forma agregada 11.58%. La población, por su parte, creció 11.60%. Es decir, en términos per capita, no se ha crecido nada en la última década.

Estancamiento no es crisis

Si definir las etapas de un ciclo económico se ha vuelto materia continua de debates en serios comités académicos, hay que añadir que no existe una definición precisa de lo que constituye una crisis. Quizás todos lo sabemos cuando pensamos en 1982, 1994, 2008 o 2020, pero no hay parámetros que nos permitan usar el término con precisión analítica.

Al señalar ese punto, añado que México no está en una crisis económica. Sí, a pesar de no tener lineamientos claros sobre lo que constituye una, sabemos que una crisis trae consigo una contracción abrupta de la producción, colapso cambiario, incumplimientos en el servicio de la deuda, quiebras bancarias, inflación fuera de control. Nada de eso está ocurriendo. La inflación está en el rango objetivo del banco central, el sistema financiero está capitalizado, el tipo de cambio ha resistido episodios de aversión al riesgo, y la deuda pública es manejable aun cuando su trayectoria y el destino de los recursos merezcan vigilancia.

Más aún, en las métricas de pobreza —con cuya definición puede uno estar de acuerdo o en desacuerdo— los avances han sido notorios. 1 Según la medición multidimensional de pobreza que el Inegi publicó en agosto de 2025 con base en la ENIGH 2024, la incidencia bajó de 41.9% de la población en 2018 a 29.6% en 2024. Son 13.4 millones de personas que dejaron de ser consideradas como en condición de pobreza.

Pero que no haya una crisis como las que tenemos en la memoria no significa que no haya un problema de fondo. Significa, más bien, que el problema no toma la forma de un evento particular.

Ilustración: Estelí Meza

La serie que importa

Quizás la estadística más reveladora sobre la economía mexicana no esté en las series del PIB. Tal vez sea más interesante hablar de la serie de la Productividad Total de los Factores que el Inegi publica bajo el modelo KLEMS —el marco desarrollado por el proyecto World KLEMS a partir del trabajo de Dale Jorgenson, economista y profesor de Harvard— que mide cuánta producción se obtiene por unidad combinada de capital, trabajo, energía, materiales y servicios. Es, de alguna manera, una medida de eficiencia agregada.

El resultado publicado en diciembre de 2025 es el siguiente: en 2024 la PTF medida por el método KLEMS del total de la economía cayó 0.35%, y el promedio anual del periodo 1991-2024 fue de -0.51%.

Léase de nuevo. Durante 34 años, en promedio, México ha combinado sus recursos de forma más ineficiente que el año previo. Entre 2011 y 2020, todas las variaciones anuales fueron negativas. Diez años consecutivos de caídas. El rebote de 2021 a 2023 —consecuencia casi mecánica de la reapertura posterior a la pandemia— se revirtió en 2024.2

Si descomponemos el dato también obtenemos información relevante. En el promedio del periodo, el valor de la producción creció 2.29% anual mientras la contribución conjunta de los factores creció 2.80%. Es decir: lo poco que ha crecido México se explica enteramente por acumular más insumos, no por usarlos mejor. Ponemos más capital, más trabajo, más materiales y obtenemos menos de lo que esa suma debería rendir. El residuo es negativo, y el residuo es la eficiencia.

Es en este punto donde deberíamos centrar la atención a lo que sucede fuera de México. Manuel Sánchez, exsubgobernador del Banco de México, aborda el tema en su columna en El Financiero. 3 El contraste con Corea del Sur debería dar más de qué hablar. Sánchez, usando datos de la Penn World Table señala que el crecimiento promedio anual del PIB per capita surcoreano superó al mexicano por 2.7 puntos porcentuales y aproximadamente dos terceras partes de esa brecha se deben a la productividad de los factores, no a la inversión.

Daniel Flores Curiel4 documentó el otro lado de la misma moneda: en seis décadas el acervo de capital por trabajador se multiplicó por 14.5 en Corea y por 1.8 en México. En 1980 el PIB per cápita mexicano era cercano al triple del coreano; hoy el coreano es más del doble del mexicano. México es, en los ordenamientos de la OCDE, la segunda economía menos productiva del grupo.

Cuarenta años de divergencia no se producen por un mal sexenio ni por un choque externo.

Sánchez apunta además al mecanismo detrás de esa brecha: los indicadores de creación y difusión de conocimiento —gasto en investigaciones y desarrollo como proporción del producto, investigadores por habitante, patentes, inversiones en tecnologías de la información, vínculos entre universidades y empresas— han favorecido a Corea de manera sistemática durante décadas. Detrás de esos indicadores hay, a su vez, instituciones: cumplimiento de contratos, una burocracia profesional, un sistema educativo con orientación científica. La productividad no es una variable que se decrete. Es el resultado agregado de miles de decisiones que sólo se toman cuando el entorno las premia.

Tampoco despega la inversión

El diagnóstico de la baja productividad tiene una literatura amplia. Santiago Levy, en Esfuerzos mal recompensados (BID, 2018), ofrece la versión que más ha marcado el debate mexicano: el problema no es principalmente la falta de recursos, sino su mala asignación. Un entramado de reglas fiscales, laborales y de seguridad social que grava la contratación asalariada y subsidia el autoempleo y la informalidad mantiene una porción enorme del empleo atrapada en unidades productivas demasiado pequeñas para invertir, capacitar o adoptar tecnología. Las empresas ineficientes sobreviven; las eficientes no crecen lo suficiente. La productividad agregada se estanca aunque haya grandes empresas en el país.

Los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo sostienen su argumento. En junio de 2026 la tasa de informalidad laboral se ubicó en 55.2% de la población ocupada; en marzo era 54.8%, frente a 54.3% un año antes. Más de la mitad de quienes trabajan en México lo hacen sin seguridad social, y la proporción no ha cedido en dos décadas. La tasa de condiciones críticas de ocupación —bajos ingresos, jornadas excesivas, subocupación involuntaria— incluso se ha deteriorado ligeramente.

La inversión cuenta la misma historia con otro instrumento. La formación bruta de capital fijo acumuló diecinueve meses consecutivos de caídas anuales entre septiembre de 2024 y marzo de 2026. En el primer trimestre de 2026 la inversión total equivalió a 21.2% del PIB, su menor proporción desde el segundo trimestre de 2021, y la inversión privada —que aporta alrededor del 86% del total— cayó a 17.9% del producto, su nivel más bajo desde el tercer trimestre de 2020. En abril hubo un repunte anual de 5.1% que rompió la racha. Habrá que esperar para ver si fue sólo una observación o podría ser el inicio de un cambio de tendencia.

Dentro de ese agregado hay un componente que merece atención especial. La inversión en maquinaria y equipo —rubro que puede incorporar tecnología al proceso productivo— se desplomó 6.5% anual en el primer trimestre de 2026, su mayor caída en seis años, con retrocesos tanto en el equipo nacional como en el importado. La construcción, sostenida en buena medida por obra pública y vivienda, ha aguantado mejor. Pero un país puede levantar edificios durante años sin volverse más productivo; para eso hace falta la otra mitad del capital, la que se compra precisamente cuando una empresa apuesta a que el futuro será mejor que el presente.

El contraste con el objetivo declarado es difícil de suavizar. El Plan México tiene como meta sostener la inversión por encima de 25% del PIB a partir de 2026 y llevarla arriba de 28% en 2030, con el propósito de alcanzar un crecimiento sostenido de 3% anual. La distancia entre 21.2% y 25% no es un ajuste fino: son casi cuatro puntos del producto, en un país donde la inversión pública apenas ronda 3.3% del PIB y donde el gasto físico federal registró una contracción de 44.9% en el primer bimestre del año, según el seguimiento del CIEP a las cifras de Hacienda.

Nadie invierte a treinta años en un país cuyas reglas cambian en tres. La incertidumbre regulatoria, la reforma judicial, la revisión del T-MEC y la falta de certeza que se pueda otorgar a los recursos invertidos no son ruido coyuntural; son precisamente las variables que se incorporan en el rendimiento que las empresas buscan antes de comprometer capital.

Ilustración: Estelí Meza

La crisis sin evento

Vuelvo a plantearlo. El estancamiento no es una crisis. Pero un estancamiento de esta persistencia es la manifestación de una crisis de larga data: la del modelo de crecimiento mismo.

Es una crisis peculiar porque carece de fecha. No hay un 1982 ni un diciembre de 1994. No hay un día en que los mercados se rompan y el país entienda que algo cambió. Hay, en cambio, una sucesión de años en los que no pasa gran cosa, y esa acumulación de años en que no pasa gran cosa es exactamente el daño.

La aritmética ayuda a dimensionarlo. Una economía que crece 1.3% anual duplica su tamaño en 54 años. Descontado el crecimiento poblacional, el ingreso por habitante avanzaría a un ritmo que requeriría cerca de un siglo para duplicarse. Una que crece 3% lo hace en veintitrés. La diferencia entre esos dos escenarios no es técnica: es la diferencia entre una generación que vive mejor que la anterior y una que no.

Aquí conviene abordar los límites de la buena noticia social. La baja de la pobreza entre 2018 y 2024 fue real y significativa, pero se logró sobre una base productiva que no creció. Es una política defendible y, en el corto plazo, eficaz. No es sustituible por productividad en el largo plazo. Se puede repartir mejor un pastel que no crece durante un tiempo; no se puede hacerlo de manera indefinida.

Qué habría que mirar

El riesgo de esta conversación es que se agote en el papel. Vale la pena, entonces, decir qué indicadores permitirían saber si algo cambió de verdad, más allá de un trimestre afortunado.

Tres indicadores básicamente. Primero, la PTF: la próxima actualización del Inegi está programada para el 28 de agosto de 2026. Segundo, la inversión como proporción del producto, y en particular la privada, sostenida por encima de 22% durante varios trimestres consecutivos —no un mes de rebote—. Tercero, la informalidad: cualquier reforma que efectivamente abarate la contratación formal y elimine el subsidio implícito a lo informal.

Ninguno de los tres se mueve en un semestre. Ése es precisamente el punto.

México pasó de discutir cómo crecer a discutir cómo repartir, y luego a celebrar los trimestres en que no decrece. La estimación oportuna del segundo trimestre fue una buena noticia y merece registrarse como tal. Pero la pregunta que importa no es si la economía creció 1.5% entre abril y junio. Es por qué, durante 34 años, este país ha producido cada vez menos por cada unidad de esfuerzo que invierte. Esa pregunta no aparece en el calendario del Inegi. Aparece en el nivel de vida de quienes van a heredar el resultado.

 Valeria Moy

Economista. Directora general del IMCO

  1. Esquivel, G.; Leyva, G.; Moy, V., y Santaella, J. A. “Menos pobres, ¿sostenibles? Una conversación”, nexos, noviembre 2025, https://www.nexos.com.mx/menos-pobres-sostenibles-una-conversacion/
  2. Inegi, Productividad Total de los Factores, modelo KLEMS, https://www.inegi.org.mx/app/tabulados/default.aspx?pr=7&vr=2&in=47&tp=20&wr=1&cno=1&idrt=3248&pc=p
  3. Sánchez, M. “El estancamiento de la productividad en México”, El Financiero, 29 de julio de 2026, https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/manuel-sanchez-gonzalez/2026/07/29/el-estancamiento-de-la-productividad-de-mexico/
  4. Flores Curiel, D. “El crecimiento económico de Corea del Sur y México. Se vale copiar”, Revista IMEF, 10 de junio de 2024, https://www.revista.imef.org.mx/articulo/el-crecimiento-economico-de-corea-del-sur-y-mexico-se-vale-copiar/