Artículo

¿Una generación en transición o el principio del declive?

Crédito: Cuarto Oscuro

Finalmente tenemos los resultados de la prueba PISA 2025, la evaluación que cada tres años mide las competencias de estudiantes de 15 años en ciencias, matemáticas y lectura. En esta edición participaron alrededor de 760.000 alumnos de 91 países, una muestra que representa alrededor de 33 millones de jóvenes en el mundo. En esta ocasión, el eje principal de la prueba fueron las ciencias, con las matemáticas y la lectura como áreas secundarias. Por primera vez se incorporó una medición de pensamiento computacional y de aprendizaje autodirigido en entornos digitales.

El diagnóstico de la propia Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) es sombrío. Los estudiantes registraron el nivel medio de desempeño más bajo desde que existe la prueba. La caída más marcada se dio en lectura, una caída calificada ya como preocupante, porque leer es básicamente la base de todo aprendizaje escolar posterior. En 10 años, los participantes de los países miembros de la OCDE perdieron 28 puntos en lectura y 22 en matemáticas. Una variación de 20 puntos equivale aproximadamente a un año de escolaridad. El retroceso en ciencias fue más moderado, de siete puntos.

Asia dominó la clasificación. Las regiones chinas de Beijing, Shanghai, Jiangsu y Zhejiang encabezaron ciencias y matemáticas, resultados que, a pesar de ser llamativos por la excelencia, deben aún ser tomados con un grano de sal por no representar la totalidad del gigante asiático. Singapur lideró en lectura. Taiwán, Japón y Corea del Sur estuvieron también en los primeros lugares. Pocas sorpresas.

Ningún país latinoamericano figura entre los mejor ubicados en ninguna de las tres disciplinas. Uruguay y Chile siguen siendo los sistemas mejor ubicados de la reguón, con 445 y 442 puntos en ciencias respectivamente. En Europa, Estonia, Reino Unido, Finlandia e Irlanda se ubicaron encima del promedio de la OCDE. España se ubicó cerca de la media pero con un deterioro en lectura y matemáticas.

En México participaron 7.843 alumnos de 297 escuelas; una muestra cuya representatividad equivale a 69% de la población total de esa edad; es decir, casi tres de cada 10 jóvenes de esa edad ya no están en el sistema educativo. Esa es otra arista que ilustra la magnitud del problema.

México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, frente a los promedios de la OCDE de 463, 461 y 482 puntos respectivamente. Comparado con 2022, el país retrocedió siete puntos en matemáticas y en lectura y subió cuatro en ciencias. Se ubicó en el lugar 36 de los 38 países de la OCDE en matemáticas y el 37 en ciencias y en lectura.

Pero, ¿qué quieren decir estos puntajes? Básicamente que los estudiantes mexicanos no pueden resolver problemas matemáticos básicos, tampoco entienden su aplicación en la vida diaria. La comprensión lectora disminuye peligrosamente. Los jóvenes mexicanos pueden leer un texto, sí, saben leer, pero no pueden comprender lo que leen.

En términos de la OCDE, solo 30 de cada 100 estudiantes mexicanos alcanzaron el Nivel 2—el umbral mínimo de competencia—frente a 65 de cada 100 en el promedio del grupo de 38 países. Es decir, siete de cada diez estudiantes mexicanos no logran resolver problemas matemáticos básicos.

El problema no solo está en el piso, también en el techo. De acuerdo con los resultados de la prueba, apenas 0.5% de los estudiantes mexicanos—uno de cada 200—alcanza niveles de excelencia. Pocos, poquísimos estudiantes de alto rendimiento.

El puntaje de lectura—408 puntos—está por debajo de lo alcanzado entre 2009 y 2018, es comparable al registrado en 2006. El avance logrado en la última década se ha diluido. Pero de nuevo, ¿a alguien le sorprende? Hagamos un reflexión sutil y vinculemos estos resultados con lo personal, reconociendo, desde luego, que siempre hay excepciones.

Hace alrededor de 15 años las escuelas mexicanas decidieron que había que educar a los niños en la tecnología para que estuvieran preparados para el mundo que iban a enfrentar, sin saber, desde luego, qué sería eso que enfrentarían. Muchas escuelas, obviando la evidencia existente desde hace décadas, siguen obsesionadas con enseñar a leer a los niños a los cuatro o cinco años. Otras escuelas de élite, les “enseñan” (las comillas son relevantes) a los niños a escribir utilizando únicamente el dedo índice trazando las letras en una pantalla, con el “like” correspondiente si su dedito logra trazar la “a” en el dispositivo.

Las escuelas han confundido educar para el cambio tecnológico con otorgar desde la primera infancia dispositivos para que aprendan matemáticas y lectoescritura. Adiós al pensamiento crítico, a niños que cuestionen, a ensuciarse con experimentos sencillos y a aprender a tomar unas tijeras y unos lápices. Las pantallas predominan en las escuelas y en las casas. El juego, también, es controlado. No puede haber conflicto alguno en el patio de los colegios. Los resultados están a la vista de todos.

La relación entre el desconocimiento de cómo hacerle frente al cambio tecnológico y los resultados de esta prueba en particular dejan claro que las decisiones tomadas no han sido las adecuadas. El director de Educación de la OCDE, Andreas Schleicher señala que los jóvenes—y los no tan jóvenes—pasan cada vez más tiempo navegando en redes que en pensar o crear algo propio. Pero valdría la pena reflexionar si son solo los jóvenes porque los adultos justificamos esa misma actividad con argumentos laborales. Muchas empresas y medios miden su impacto en “likes” y en “engagement”. Queremos que todos lean, pero que se materialice en redes y que genere todos los clicks posibles porque si no, es como si no hubiera existido. El click se ha vuelto mucho más importante que la lectura y la reflexión que ésta genera. Esa, sin duda, es más difícil de mercadear.

A las redes—y al algoritmo—hay que sumar la inteligencia artificial. ¿Cuáles serán las habilidades más relevantes en la era de la IA? Podemos suponer que evaluar información, ser capaces de distinguir entre lo real y lo inventado, conectar ideas y pensar críticamente serán algunas de ellas. ¿Lo estamos fomentando? La prueba PISA muestra que los que leen lo hacen cada vez más de forma apresurada. Las discusiones en clase se han vuelto más incómodas, hay temas que no se pueden tocar y profesores que no están capacitados para llevar conversaciones díficiles. Si a esto sumamos el rol cada vez más intrusivo de los padres en las escuelas el panorama se vuelve más sombrío.

La IA llegó para quedarse. El entorno educativo—hogares, escuelas, maestros—debería permitir que ésta acompañara el esfuerzo cognitivo del estudiante, en lugar de reemplazarlo. Buscando ver el vaso medio lleno, habría que pensar si la IA puede permitir a los seres humanos, a los sapiens diría Harari, liberar capacidad de pensamiento para crear cosas más complejas o más sencillas, si esta nueva forma de inteligencia libera espacio para otorgar una mayor calidad de vida o si ésta va a crear una grieta entre quienes saben usarla y quienes solo dependen de ella.

No tengo idea de lo que viene. Sobre lo único que hay claridad es que el reto es gigante y la conversación sobre educación más urgente que nunca. ¿Estamos dispuestos a tenerla?

@ValeriaMoy

Publicado en El País

21-9-2026.