
Cada cinco años, los mexicanos tenemos la oportunidad de mirarnos al espejo. La gradualidad de los cambios siempre hace difícil percatarnos de cómo las familias, la sociedad y el país se van transformando frente a nuestros ojos. Entender las razones de esos cambios es una tarea distinta, una que merecería análisis y reflexión sobre el futuro que se avecina y las políticas públicas que necesitaremos muy pronto.
Entre el 6 de octubre y el 14 de noviembre de 2025, miles de entrevistadores del INEGI acudieron a 7,3 millones de viviendas para preguntarnos quiénes somos, cómo vivimos y cómo son nuestros hogares. Los resultados de la Encuesta Intercensal 2025 publicados hace unos días nos devuelven una imagen que vale la pena observar con detenimiento. Quizás ya no es el país que creemos conocer, quizás es la imagen de un país que cambió mientras enfrentaba una pandemia, cambios de gobierno y choques tecnológicos.
Al 15 de octubre de 2025 éramos 130,9 millones de personas, casi 4,9 millones más que en el censo de 2020. Seguimos siendo el undécimo país más poblado del mundo, pero crecemos cada vez más despacio. La población que vive en viviendas particulares aumentó a un ritmo de 0,7% anual entre marzo de 2020 y octubre de 2025, el menor ritmo desde 1990. En el quinquenio previo había crecido a 1% anual. México dejó de expandirse sin freno hace muchos años. Es un país cuyo tamaño poblacional empieza a asentarse, mandando señales de decrecimiento.
Uno de los cambios más profundos está en la edad. En 2020, la mediana de la edad de los mexicanos era 29 años. En 2025, esa frontera se movió a los 32. Tres años en un lustro es muchísimo para un indicador que suele moverse con mayor lentitud, como ha sido el caso en Japón o en Alemania. Como en todo estudio, encontramos diferentes Méxicos. En Chiapas, la edad mediana es de 26 años; en la Ciudad de México, 37.
Tenemos menos hijos. Las mujeres de 12 años (la edad en sí misma ya nos hace levantar las cejas) tenían en promedio 2,1 hijos nacidos vivos en 2020. En 2025, ese número bajó a 1,9. La tasa global de fecundidad, que estima cuántos hijos tendría una mujer a lo largo de su vida con el comportamiento de un año determinado, pasó de 1,9 en 2019 a 1,2 en 2024. Estamos ya lejos de los 2,1 hijos por mujer que se necesitarían para que la población se reemplace a sí misma. En la capital del país, apenas llega a 0,8.
La escolaridad también muestra enormes diferencias. Las mujeres sin estudios tienen, en promedio, 4,9 hijos; las que cursaron educación media superior o superior, solo 1,2. No sé por qué viene a la mente Malthus, pero cuando las mujeres estudian, deciden distinto sobre su vida y eso puede transformar la pirámide poblacional de un país entero.
La forma en la que convivimos también cambió. Durante los cinco años en los que transcurrió la Intercensal, el número de viviendas particulares habitadas pasó de 32,5 a 39,7 millones. La vivienda creció a una tasa de 2,2% anual, un ritmo mayor al del crecimiento poblacional. Por cada habitante adicional apareció casi una vivienda nueva. El número de ocupantes por vivienda bajó de 3,6 a 3,3 personas.
Llama la atención el dato frente a la “crisis de vivienda” que se plantea en ciertos foros. Sin duda, el fenómeno es digno de estudio porque las diferencias regionales deben ser importantes y determinantes para la política de desarrollo urbano que se siga en cada ciudad.
Cada vez más personas viven solas. Los hogares en los que vive una sola persona aumentaron de 12,4% del total a 15%. Casi seis millones de hogares unipersonales. ¿Explica esto la crisis de vivienda o explicará la dinámica social de los años por venir? Entre la población de 12 años y más, el grupo de solteros supera a los casados, 36,2% frente a 31,8%.
Un país con hogares más pequeños necesita más viviendas, más servicios y, tarde o temprano, más cuidados para quienes envejecen solos.
Las mujeres son 51,9% de la población y su presencia en el mercado laboral sigue aumentando. La tasa de participación económica femenina de las personas de 12 años y más pasó de 38,8% a 41% entre 2020 y 2025; la masculina, como era de esperarse, apenas se movió, de 70,4% a 70,6%. La brecha sigue siendo amplia, casi 30 puntos, pero el avance explica buena parte del aumento de la participación total, que llegó a 55,1%.
En educación, las noticias son aparentemente buenas, pero hay que leerlas a la luz de la calidad educativa que la Intercensal no evalúa. La población de 15 años y más tiene en promedio 10,3 años de escolaridad, frente a 9,7 en 2020: secundaria terminada y algo de bachillerato. La asistencia escolar de niñas y niños de 3 a 5 años subió de 61,9% a 70,4%. El analfabetismo bajó de 4,8% a 3,7%. Pero los promedios esconden las grandes distancias del país: en la Ciudad de México la escolaridad es de 12 años; en Chiapas, de 8,2. Casi cuatro años de diferencia que acaban convirtiéndose en diferencias de ingreso.
Las condiciones de vivienda mejoraron. Según la Intercensal, las viviendas con agua entubada dentro de la misma aumentaron de 77,6% a 82,4%, y las que no tienen drenaje se redujeron de 4,4% a 2,5%. Cocinar con leña o carbón sigue siendo una realidad para 9,7% de las viviendas, aunque en 2020 la cifra era de 12,5%. En las localidades de menos de 2.500 habitantes, más de un tercio de los hogares todavía lo hace.
El salto más espectacular está en la conectividad. En 2020, 53,9% de las viviendas tenía internet; en 2025, 75,7%. Casi 22 puntos porcentuales en cinco años. El celular está en 94,5% de los hogares. La computadora, en cambio, se quedó prácticamente igual, en 39,3%. Nos conectamos mucho más, sobre todo desde el teléfono.
También nos movemos distinto. Más con motos –notorio y peligroso como en Ciudad de México– y menos con bicis. Las viviendas con motocicleta pasaron de 12,2% a 19,9%, el mayor crecimiento entre los bienes que mide la encuesta. La bicicleta como medio de transporte retrocedió de 21,8% a 18,4%.
Uno de los cambios que más llama la atención de la intercensal se refiere al ingreso de las personas. En 2020, en 38,5% de los hogares al menos una persona recibía ingresos que no provenían de su trabajo. En 2025, ya era la mitad de los hogares: 50,1%. El motor son los programas de gobierno, presentes en 41,4% de los hogares frente a 25% en 2020. En Guerrero, Oaxaca y Chiapas, más de la mitad de los hogares los recibe, y habría que considerar que las condiciones de rezago social en esos estados prevalecen aún con las transferencias. Los hogares con alguna jubilación o pensión pasaron de 13,0% a 16,6%. Las remesas, en cambio, llegan al 4,7% de los hogares.
La encuesta preguntó, por primera vez, por el desplazamiento forzado. Entre 2020 y 2025, en 510.000 hogares al menos una persona tuvo que dejar su lugar de residencia por la violencia o la inseguridad. En esos hogares viven 1,6 millones de personas. También preguntó por la alimentación: en 3,8 millones de hogares con menores de edad hubo alguna restricción por falta de dinero, y en más de la mitad de ellos niñas, niños y adolescentes comieron con muy poca variedad. Somos eso también.
¿Quiénes somos, entonces? Somos más, pero crecemos menos. Somos mayores, tenemos menos hijos, vivimos en hogares más pequeños y cada vez más solos. Estudiamos más, las mujeres trabajan más, estamos más conectados que nunca. Dependemos más del gobierno para completar el ingreso y seguimos perdiendo a muchos de nuestros jóvenes hacia el norte.
Ninguno de estos cambios es bueno o malo en sí mismo. Pero todos tienen consecuencias. Un país que envejece necesita que quienes trabajan hoy sean mucho más productivos, porque pronto serán menos para sostener a más. Necesita pensar en sistemas de cuidados, en pensiones sostenibles, en salud para una población mayor y en empleos que convenzan a los jóvenes de quedarse. La ventana del bono demográfico se está cerrando rápido.
Conocernos es el primer paso. El siguiente es diseñar políticas públicas para el país que somos, no para el que fuimos.
Publicado en El País
05-10-2026