
A un año de la segunda administración de Donald Trump el orden global basado en reglas ha experimentado una serie de terremotos que han cimbrado sus fundamentos. Incluso una vez concluido este mandato, un regreso al escenario anterior es poco probable, por no decir francamente inviable. La pérdida de confianza entre socios y aliados, así como de legitimidad y eficacia de las instituciones multilaterales, no se recuperará en el corto ni mediano plazo.
La disputa por Groenlandia es el ejemplo más reciente, posiblemente el más extremo también, del desafío al andamiaje institucional que norma las relaciones entre países. Más allá de las consideraciones geopolíticas, la amenaza arancelaria –hasta nuevo aviso neutralizada– de la Casa Blanca contra los países que apoyan la soberanía danesa sobre este territorio puso en pausa la posibilidad de ratificación del acuerdo comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea. Negociado en el verano de 2025, el pacto establece un arancel de 15% para la mayoría de las importaciones provenientes de los países europeos.
En términos relativos, este indecente eleva el valor del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC). Las declaraciones del presidente Trump en Detroit hechas hace unos días sobre la supuesta irrelevancia del T-MEC deben leerse en este contexto. La amenaza es parte del manual de negociación del presidente estadounidense, pero el T-MEC ha sido el único tratado comercial internacional que, a pesar de las violaciones –claras y persistentes–, ha preservado un valor ante sus ojos. No es algo menor.
Ello no implica tomar las declaraciones a la ligera. Si algo ha enseñado la experiencia de la primera y segunda administración Trump es que hay que tomar su palabra en serio. El costo de no hacerlo puede ser muy alto. Lo mismo en temas de seguridad que de comercio.
No obstante, si Estados Unidos puede sustentar las amenazas a Europa es por la proveeduría mexicana y canadiense y las exportaciones a esos mercados. En conjunto, ambos países representaron 28.5% del comercio total estadounidense (la participación de Alemania fue de 4.2%, la de Reino Unido de 2.8% y la de Francia 2.1%). Sin el T-MEC, la respuesta arancelaria ante la negativa europea perdería credibilidad. Lo mismo sucede con la disputa por el liderazgo tecnológico con China. Sin proponérselo, México juega un lugar central en los planes geopolíticos de la Casa Blanca.
Desde el ángulo económico, el país debe aprovechar esta coyuntura para expandir su huella industrial y aumentar el valor agregado de sus exportaciones mediante la integración vertical de las cadenas de suministro en territorio nacional. La piedra angular para que esto sea viable es desarrollar infraestructura energética confiable, diversificada, con bajas emisiones y precios competitivos. Para ir más allá del crecimiento inercial, México debe apostar por infraestructura suficiente que no restringa el potencial del país. Ello le permitiría no sólo salir mejor parado de esta tormenta que el resto de sus competidores, sino detonar crecimiento económico que permita continuar con la reducción de la pobreza (especialmente bajo el supuesto que la política laboral ya no será suficiente para seguir con el ritmo observado los últimos años).
Una consideración final, en vísperas de la presentación de la iniciativa de reforma electoral en el Congreso de la Unión, una mayor centralización del poder debilitaría la posición negociadora del gobierno mexicano. La pluralidad debe ser vista como un activo. Un país con alta centralización de poder está más expuesto a las demandas de Washington que uno con una democracia plural, con presiones y demandas desde distintos sectores.
@OscarOcampo
Publicado en Substack
22-01-2026