Hay fracasos que sorprenden y fracasos que se pueden anticipar. La ruptura de las negociaciones comerciales entre Canadá y Estados Unidos, sucedida la noche del viernes 21 de agosto, pertenece al segundo grupo. Durante semanas, pero particularmente en los últimos días, ambos gobiernos alimentaron la expectativa de un acuerdo inminente. También, durante esas mismas semanas, vimos señales de que ese acuerdo descansaba sobre una base más frágil que el mero optimismo narrativo. A la media noche, sin acuerdo a la vista, entraron en vigor aranceles de 50% sobre una franja de exportaciones canadienses valuada en cerca de 28 mil millones de dólares.
La secuencia importa porque revela algo más que un desencuentro puntual. En el comunicado emitido por el primer ministro canadiense, Carney atribuye la ruptura a cambios de última hora introducidos por Washington calificándolos de contrarios a la lógica económica y a la buena fe que debe prevalecer en una negociación. En la conferencia de prensa, junto a Dominic LeBlanc, ministro de Comercio, y Janice Charette, la jefa negociadora fue más específico. Describió algo que desde fuera parece observarse desde hace varios meses: una distancia creciente entre ambos países que empiezan a comportarse más como competidores que como socios.
Al parecer, Estados Unidos habría intentado, casi que minutos antes del cierre de las conversaciones, limitar el alivio arancelario únicamente a automóviles ligeros, dejando fuera camiones medianos y pesados, restringir la capacidad canadiense de firmar acuerdos comerciales con otros países y tocar asuntos vinculados a la protección cultural canadiense. Carney resumió su decisión como un rechazo deliberado a lo que llamó un mal acuerdo y anunció que buscarán diversificar sus mercados de exportación.
Apenas algunas horas antes del quiebre, Trump parecía confiado en llegar a un acuerdo y había concedido una prórroga a los aranceles para dar margen a los equipos negociadores. La lectura en Washington fue distinta. Jamieson Greer, el representante comercial, culpó a Canadá de haber dado marcha atrás en compromisos alcanzados días antes pese a que, según Greer, Estados Unidos había ofrecido condiciones favorables. No sabremos quién tiene la razón o quién ofrece una versión más cercana a la realidad. Ambos dan versiones parciales de una negociación tensa. Es la tercera vez en poco más de un año que la relación bilateral se rompe con el mismo guion: amenaza, acercamiento, optimismo, exigencia, colapso, represalia.
Canadá ya había igualado aranceles sobre acero, aluminio y madera impuestos por Washington en violación al TMEC. Ahora anunció que las medidas de represalia serán dólar por dólar y entrarán en vigor el 8 de septiembre dirigidas a sectores como acero, lácteos, electrodomésticos, equipo agrícola, papel y electrónicos. Quedan fuera, por decisión estadounidense, el petróleo y los minerales críticos. El pragmatismo -y la dependencia energética- pesan más que el proteccionismo.
Los productos estadounidenses afectados por los aranceles de 50% que ya aplican buscan doler políticamente y no solo en lo comercial. Entre ellos están aranceles a los palos de hockey, cañas de pescar, ropa, vinos, licores, cemento, muebles, lácteos, entre otros muchos.
¿Esta falta de acuerdo impacta a México? ¿Deberíamos de ver en lo sucedido con Canadá un adelanto de lo que podría suceder en la conversación con México? Viene pronto la siguiente ronda de negociaciones, ¿tendría México que estar preocupado por lo sucedido con Canadá?
Carney señaló en otro momento que Washington condicionaba el reinicio de conversaciones a concesiones previas, casi como cuota de entrada, antes de discutir el fondo del tratado. El patrón de negociar bajo amenaza de aranceles unilaterales, revisar compromisos ya alcanzados y desplazar el terreno hacia temas de soberanía, como cultura, política exterior, alianzas con terceros, es el tipo de comportamiento que México debe anticipar en su propia mesa.
Sin embargo, la relación con México es distinta. No solo por el trato menos confrontacional que ha tenido la presidenta frente a Trump y que le ha otorgado al país cierta benevolencia en las formas y en la realidad, sino porque habrá que considerar que la avenida por la que México transitará de ahora en adelante puede volverse aún más complicada. Basta observar lo sucedido en las últimas semanas en materia de seguridad, con visas suspendidas y gobernadores repudiados retomando el poder, para saber que esas condiciones podrán ser usadas para dificultar o condicionar cualquier conversación.
Además, la solidez de un acuerdo comercial con Estados Unidos ya no se mide por lo firmado, sino por la disposición política del momento. Canadá llevaba meses insistiendo en que se acercaba a la mejor posición negociadora entre los socios de Estados Unidos y aun así vio evaporarse esa posición en cuestión de horas.
La revisión – o renegociación ya – del TMEC no es meramente un trámite técnico, es una negociación política de alto riesgo, en la que Washington ha demostrado una disposición absoluta a usar los aranceles como instrumento de presión incluso contra los socios firmantes, invocando mecanismos – como la Sección 338 de la Ley Arancelaria de 1930, sin precedente desde su promulgación- que rebasan el espíritu original del tratado. Que Estados Unidos haya recurrido a esa herramienta frente a un vecino con el que mantuvo 376 mil millones de dólares en comercio durante un semestre, solo detrás de México, no es un detalle menor para quienes calculan el costo de la postura mexicana en la revisión propia.
A pesar de ello, la integración productiva de México con Estados Unidos es más profunda y menos sustituible. Eso no garantiza inmunidad, pero sí sugiere que los cálculos de Estados Unidos son distintos frente a México que frente a Canadá.
Lo que sí queda claro, tras esta ronda fallida, es que la Administración de Trump ha normalizado un estilo de negociación en el que prevalece la amenaza y en el que trata los acuerdos vigentes como si fueran opcionales más que vinculantes. Para un país que depende en gran medida de la certidumbre jurídica de su tratado comercial esa lección merece más atención de la que hasta ahora se le ha dado. La pregunta no es si México logrará evitar fricciones similares, sino el margen de maniobra con el que cuenta.
@ValeriaMoy
Publicado en El Páis.
22-08-2026