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¿Qué sigue?

Venezuela está al borde de un rompimiento institucional con tintes trágicos. Durante la semana pasada se recrudeció el conflicto entre el gobierno de Maduro y la oposición liberal: el encarcelamiento de Leopoldo López -uno de los principales líderes de oposición-, el cerco militar al Estado de Táchira, el uso de grupos de choque armados para amedrentar a grupos opositores y la decisión del gobierno de interrumpir el suministro de gasolina a las zonas violentas -léase áreas controladas por los grupos disidentes- son señales que muestran que el conflicto se está intensificando y que Maduro ha decidido usar medios de represión más violentos para mantenerse en el poder.

Las cosas están muy mal en Venezuela. El uso irresponsable y corrupto de los recursos generados por PDVSA ha distorsionado grotescamente a la economía: hay híperinflación, la actividad económica se ha desplomado, el gobierno ha establecido controles cambiarios para racionar los pocos dólares disponibles, en los mercados escasean las mercancías y, en consecuencia, las familias invierten horas para encontrar y comprar la canasta básica de bienes que consumen.

Para "resolver" la crisis, el gobierno ha expropiado a decenas de empresas e intervenido a cientos más con el fin de controlar las decisiones de sus administradores. Pero los problemas de la mayoría de las empresas no son simulados: miles de compañías han dejado de producir porque no tienen insumos para seguir operando. En los talleres no hay refacciones. Si un auto se descompone, deja de circular; si una máquina sufre una avería, no se puede reparar.

La economía está en una espiral de muerte. Las condiciones económicas son tan precarias que nadie quiere ni puede invertir. Los activos productivos se están desgastando y el acervo de capital humano se está deteriorando a un ritmo elevadísimo, por la diáspora de empresarios, técnicos calificados y profesionales. Cuando algún día se hagan cuentas de lo que ha costado el chavismo a Venezuela, el monto de las pérdidas será sorprendentemente grande; mucho mayor que si el país hubiera sufrido varias catástrofes naturales al hilo.

El desastre económico también está costando caro al gobierno. En las elecciones recientes los grupos de oposición se aliaron y estuvieron a punto de derrotar al gobierno. Las instituciones encargadas de supervisar las elecciones manosearon los comicios y toleraron todo tipo de abusos. Esto enardeció a los grupos de oposición, pero Capriles, el líder derrotado, aceptó los resultados y aconsejó a sus seguidores que persistieran en la búsqueda de resultados más favorables en comicios futuros. Para Capriles, el objetivo primordial es liderar un proceso de cambio pacífico y legítimo. Está convencido de que la clave del éxito es que en futuro próximo, la población que actualmente respalda a Maduro sume sus votos a los de las clases medias que están en contra del gobierno.

La estrategia moderada de Capriles causó un rompimiento entre los líderes del movimiento antichavista. Leopoldo López, Carlos Vecchio y varios otros líderes están convencidos de que Maduro nunca permitirá que se celebren elecciones libres en Venezuela. Su tesis es que la única forma de vencer a los chavistas es en "las calles", con base en una estrategia de protestas masivas pacíficas que fuercen a Maduro y al gobierno actual a dimitir. Buscan un resultado parecido al que se acaba de dar en Ucrania.

La respuesta del gobierno ha sido reprimir a los manifestantes. El gobierno está utilizando grupos paramilitares para intimidar y disolver a los grupos que buscan la renuncia del gobierno. Simultáneamente, el gobierno está encarcelando a los líderes de oposición con el fin de descabezar al movimiento antichavista. El encarcelamiento de López es el ejemplo reciente más notable de esta estrategia, pero como este hay varios más.

El uso de la violencia para reprimir a grupos de oposición ha sido parte del arsenal de medidas utilizadas por los gobiernos chavistas a lo largo de los años. Consecuentemente, a nadie debería sorprender que Maduro vuelva a recurrir a este tipo de táctica para mantenerse en el poder. En este contexto, la pregunta clave es: ¿qué harán los grupos de oposición si el gobierno escala las medidas represivas? ¿Tomarán las armas y empezarán a actuar en forma clandestina o se replegarán a esperar que sea el deterioro económico el que cause que se generalice el descontento? La primera opción puede desencadenar una guerra civil, la segunda prolongaría la vida de un gobierno antidemocrático y represor.

¡Vaya dilema! Los venezolanos confrontan dos opciones terribles. Pero a veces esos son los costos del populismo.

Publicado por Periódico Reforma

27-02-2014