Opinión

Y el Nobel de Economía es para…

Ilustración: Nobel Prize


Robert Hall y Michael Woodford
. Quizás sus nombres no les digan mucho, pero las ideas de los profesores de Stanford y Columbia, están presentes cada vez que un banco central toma decisiones sobre la tasa de interés o cuando un gobierno discute cómo enfrentar una recesión. El Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel (mejor conocido como el Nobel de Economía) fue por explicar cómo puede estabilizarse una economía partiendo de la forma en la que los hogares y las empresas toman decisiones.

Las economías no crecen en línea recta. Tienen ciclos: periodos de expansión y de recesión. Pronosticar cuándo llegará la siguiente etapa de un ciclo económico es -hasta el momento- imposible, pero moderar la magnitud de las variaciones sí es posible. Es ahí donde entra la política económica. El reto no es eliminar los ciclos, sino suavizarlos. Las caídas bruscas cuestan empleos e ingresos; las subidas bruscas sobrecalientan la economía y distorsionan los precios.

Durante muchos años, la receta para suavizar los ciclos parecía sencilla. Si la economía se enfriaba, se podían bajar las tasas de interés para impulsar el consumo y la inversión o aumentar el gasto público. Los modelos keynesianos se apoyaban en relaciones estadísticas entre grandes variables, como inflación, producción y consumo. En los años setenta, con las grandes crisis petroleras y siendo el petróleo el mayor detonador de la industrialización, las relaciones económicas se hicieron más complejas. Los modelos previos dejaron de servir de guía.

Es aquí donde entran los galardonados y una de sus grandes aportaciones: la incorporación de las expectativas.

En 1978, Hall planteó que las familias deciden, cuánto gastar con toda la información que tienen disponible, y eso incluye lo que esperan ganar en el futuro. Predecir el consumo de una familia sin incorporar expectativas sería imposible. Más tarde, junto Frederic Mishkin, estimó que cerca de 80% de los hogares estadounidenses decidía su gasto mirando hacia el futuro, mientras que el resto vivía al día. La implicación para la política fiscal es enorme. Un estímulo temporal tiene un impacto menor para quien planea a un plazo mayor, pero impacta mucho a quien no tiene ahorro ni crédito. Por ende, diseñar bien un apoyo fiscal exige saber a quién se le entrega.

Woodford, por su parte, estudió cómo determinan las empresas los precios, que, al cambiarlos también miran al futuro. Otra vez presente el rol de las expectativas. De ahí surgieron los modelos que suelen usar los bancos centrales. La conclusión más relevante es que lo que un banco central comunica sobre sus decisiones futuras pueden tener tanta incidencia como la decisión misma. Si los hogares y las empresas creen que la autoridad monetaria mantendrá la inflación bajo control, actuarán en consecuencia. La credibilidad hace parte del trabajo. Es la lógica de la guía prospectiva y de los objetivos de inflación.

El Nobel premia una idea sencilla y poderosa: la economía se mueve hoy por lo que la gente espera que suceda mañana. Los gobiernos y bancos centrales que lo entienden pueden estabilizar mejor sus economías.

Para México hay dos lecciones. Primero, la credibilidad es un activo de política pública. Segundo, esa credibilidad es frágil.

@ValeriaMoy

Publicado en El Universal

13-10-2026