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La relación comercial entre México y Estados Unidos atraviesa otra etapa de transformación. Durante décadas, la apertura comercial redujo gradualmente la importancia de los aranceles como instrumento de política económica. Hoy ocurre lo contrario: las tensiones geopolíticas, la competencia industrial y las preocupaciones por la seguridad económica han devuelto a los aranceles un papel central.
En este nuevo entorno, el T-MEC ha dejado de ser únicamente un mecanismo para facilitar el comercio. Se ha convertido en la principal herramienta para proteger la integración productiva de América del Norte.
La sustitución del arancel temporal impuesto bajo la Sección 122 por una nueva medida sustentada en la Sección 301 refleja este cambio de paradigma. La discusión ya no gira en torno al tamaño del déficit comercial entre ambos países, sino a la capacidad del tratado para mantener condiciones preferenciales de acceso al mercado estadounidense. La pregunta relevante ya no es cuánto comercian México y Estados Unidos, sino qué parte de ese comercio permanece protegida por el T-MEC y cuál queda expuesta a nuevas barreras.
Las cifras ilustran la dimensión de esa protección. En mayo de 2026, Estados Unidos importó bienes mexicanos por 54.2 mil millones de dólares y exportó a México 33.1 mil millones, con lo que registró un déficit bilateral de 21.1 mil millones, el mayor con cualquiera de sus socios comerciales ese mes. México también concentró 17.4% de las importaciones estadounidenses y se mantuvo como su principal proveedor.
Sin embargo, el déficit por sí mismo explica poco sobre la solidez de la relación comercial. Ese indicador suma todas las operaciones, pero no distingue cuáles aprovechan las preferencias del tratado ni cuáles enfrentan aranceles adicionales.
Ahí radica la importancia del cambio regulatorio. La Sección 122 establecía un arancel temporal de 10% con una vigencia máxima de 150 días. En contraste, la medida adoptada bajo la Sección 301 aplica un arancel de 10% a los productos mexicanos que no utilizan las preferencias del T-MEC y puede permanecer vigente de manera indefinida conforme a la legislación estadounidense. El cambio no modifica el volumen del comercio, pero sí altera los incentivos para producir, invertir y abastecerse dentro de América del Norte.
Para la mayor parte del comercio bilateral, las condiciones permanecen prácticamente intactas. En mayo, 85.6% del valor de las importaciones estadounidenses provenientes de México ingresó bajo las preferencias del T-MEC y continúa exento del nuevo arancel. El reto se concentra en el 14.4% restante -alrededor de 7.8 mil millones de dólares- que no utilizó el tratado y que ahora enfrenta una mayor exposición a barreras comerciales, aunque algunos productos cuentan con exclusiones específicas establecidas por la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR).
Más que una modificación jurídica, este cambio redefine el valor económico del tratado. Cumplir con las reglas de origen deja de ser únicamente un requisito para acceder a preferencias arancelarias y se convierte en una estrategia para reducir riesgos en un entorno comercial más incierto. Al mismo tiempo, aumenta la presión sobre las empresas que dependen de insumos provenientes de fuera de América del Norte o que aún no pueden acreditar el contenido regional que exige el acuerdo.
En este contexto, la revisión del T-MEC adquiere una relevancia distinta. La prioridad para México no debería centrarse únicamente en el déficit comercial, sino en preservar las condiciones que mantienen integrada a la región. Ello implica defender la exención para los bienes que cumplen con las reglas de origen, reducir la exposición arancelaria de los productos que permanecen fuera del tratado y facilitar que un mayor número de empresas pueda beneficiarse de sus preferencias.
Más allá de las medidas comerciales que ha adoptado Estados Unidos, el episodio deja una enseñanza más amplia. En un contexto donde los aranceles vuelven a formar parte de la política económica, la principal fortaleza de México no es únicamente exportar más, sino hacerlo bajo un marco institucional que ofrece certidumbre.
La competitividad de América del Norte dependerá cada vez más de ampliar la proporción del comercio que aprovecha plenamente los beneficios del T-MEC y de preservar un esquema de integración que ha demostrado ser mucho más valioso cuando el entorno internacional deja de ser predecible.
Publicado en Substack.
28-07-2026